Aquella noche los ruidos se hicieron insoportables. La desesperación se apoderó de ella y, a pesar del dolor que sentía en el cuerpo, Pam se obligó a sentarse en la silla de ruedas y recorrió el angustioso pasillo. El frío e inquietante silencio de la casa parecía advertirle que diera marcha atrás, pero no podía detenerse. Necesitaba saber la verdad.
Cuando llegó a la puerta de James, se sorprendió al ver que esta vez no estaba cerrada con llave. La abrió con cautela y lo llamó por su nombre. La visión que tuvo ante sí le aceleró el corazón.
James estaba de pie en medio de la habitación, rodeado de herramientas, botes de pintura y muebles parcialmente montados. La habitación parecía un taller. Se volvió hacia ella, sorprendido, pero luego sonrió avergonzado. «Se suponía que no tenías que ver eso», dijo, frotándose la nuca.

Confundida, Pam preguntó a qué se debía todo aquello. James le reveló que había estado trabajando en secreto en un sistema de ascensor y en muebles a medida para facilitarle los desplazamientos por la casa. Quería que fuera una sorpresa para su próximo aniversario, explicando que sabía lo difícil que era para Pam lidiar con el día a día después del accidente. Su secreto y las habitaciones separadas formaban parte de su plan para hacerle la vida más cómoda.