—Sí regresé.
Me quedé en shock.
—¿Regresaste?
—Dos años después. Volví al vecindario… a buscarte.
Mi corazón se apretó.
—Pero… yo ya no estaba.
Recordé.
Ese mismo año, mi familia también se mudó.
Nos cruzamos… pero en momentos distintos.
Y nos perdimos por más de una década.
Sonreí con tristeza:
—Supongo que… no estábamos destinados.
Miguel negó suavemente:
—No. Es que… yo no era lo suficientemente fuerte para aferrarme a ese destino.
La Verdad
Lo miré, confundida.
Él suspiró:
—En ese tiempo, no tenía nada. Solo deudas. Tuve que trabajar sin parar para sobrevivir.
—Tenía miedo… de que si te veía, no podría irme otra vez.
—Y no quería arrastrarte a una vida difícil.
Guardé silencio.
Sentía una mezcla de enojo… y ternura.
—¿Y ahora? —pregunté.
Él me miró directo a los ojos:
—Ahora… ya no tengo que soltarte.
Mi corazón tembló.
La Decisión
Respiré profundo:
—Pero yo vine aquí por trabajo.
Él asintió:
—Lo sé.
Dio un paso atrás, volviendo a su tono profesional:
—Y no voy a mezclar lo personal con lo laboral.
—Pasaste la entrevista.
Me sorprendí:
—¿En serio?
—Sí. Pero no porque seas Sofía.
—Sino porque eres capaz.
Sentí un gran alivio.
—Gracias… señor Miguel.
Él sonrió:
—En la oficina, llámame así.
—Fuera de ella…
Hizo una pausa.
—Tú decides.
Trabajando Juntos
Comencé a trabajar en la empresa.
Los primeros días fueron agotadores.
Alta presión. Mucho trabajo. Estándares exigentes.
Miguel… no me trató con privilegios.
De hecho, era más duro conmigo que con los demás.
—Esto no es suficiente.
—Falta análisis.
—Hazlo otra vez.
Hubo momentos en que quise renunciar.
Pero recordaba a la niña de 7 años…
y seguía adelante.
Tres meses después…
ya no era la misma.
Me volví más fuerte, más segura.
Un día, tras terminar un gran proyecto, Miguel me llamó a su oficina.
Revisó el informe y dijo:
—Buen trabajo.
Solo eso.
Pero para mí… lo significó todo.