Los contó despacio.
El mayor se presentó como Ibrahima Diao. Su voz era firme, pero el cuerpo le delataba la costumbre de escapar.
El segundo, Musa Traoré, hablaba poco y miraba todo, como si el mundo estuviera siempre rindiendo un examen secreto.
Kofi Mensah sonreía demasiado rápido, de ese modo en que sonríen los niños que aprendieron pronto que caerle bien a la gente puede salvarte de algunos golpes.
Seku Kamar tenía las manos negras de grasa y silencio en la cara.
Babacar Ndiaye se sentó a su lado, tan cerca que rozaba su falda, como si el simple hecho de estar junto a ella ya fuera descanso.
Les sirvió sin discursos.
Cuando terminaron, dijo algo que cambió el rumbo de seis vidas:
—Pueden dormir donde duermo yo.
Los cinco la miraron como si hubiera hablado en otro idioma.
—No tenemos dinero —dijo Ibrahima, endureciendo la mandíbula.
—Yo tampoco —respondió ella.
—¿Tu casa? —preguntó Kofi.
—Un cuarto —corrigió Kadiatu.
Musa frunció el ceño.
—¿Por qué?
Kadiatu pensó en mil respuestas. “Porque son niños”. “Porque hace frío”. “Porque alguien tiene que hacer algo”. Ninguna le pareció suficiente.
Así que dijo la verdad:
—Porque no puedo dejarlos aquí.
El cuarto de Kadiatu apenas alcanzaba para una persona. Con cinco niños dentro, dejó de parecer un hogar y se convirtió en una decisión. Había una colchoneta vieja, una hornilla, dos cubos, una caja metálica escondida bajo el piso de tela y una ventana diminuta por la que entraba más calor que aire.
Aquella primera noche casi no durmió.
Los niños se acomodaron como pudieron. Babacar quedó cubierto con la única manta gruesa. Ibrahima durmió cerca de la puerta. Musa se quedó junto a la ventana. Kofi abrazó una olla vacía. Seku apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos solo cuando los demás ya respiraban hondo.
Al amanecer llegó el primer problema.
El casero los vio salir.
—¿Qué es esto? —exigió, señalando a los niños como si fueran ratas.
—Están conmigo —respondió Kadiatu.
—Traerán policía. Robos. Enfermedades.
—Traen hambre —dijo ella—. Y yo ya conozco eso.
Él le dio una semana para deshacerse de ellos.
Los vecinos empezaron a murmurar. Las mujeres dejaron de saludarla. Algunas la llamaban loca. Otras decían que estaba criando delincuentes. Los hombres se reían con esa condescendencia cobarde que aparece cuando una mujer pobre decide algo sin pedir permiso.
Kadiatu escuchaba todo.
Y aun así, por las mañanas dejaba un poco de agua en la palangana, repartía las tareas, peinaba a Babacar, cosía lo que podía, remendaba ropa, estiraba el arroz hasta que casi se volvía aire y establecía reglas que nadie les había dado antes sin violencia.
—Aquí no se roba —dijo la primera mañana.
—Aquí no se pelean.
—Si salen, me dicen adónde.
—Y si alguien les habla con crueldad, ustedes no se vuelven igual.
—¿Y si nos pegan? —preguntó Ibrahima.
Kadiatu lo miró con una calma que a él lo desarmó.
—Entonces regresan a casa.
La palabra “casa” quedó flotando en el cuarto.