Nick Hunter estaba acostumbrado al nerviosismo ajeno. A las disculpas anticipadas. Al personal inclinándose hacia adelante para corregir enseguida cualquier mínima molestia suya. Pero esa enfermera embarazada, de voz tranquila y uniforme impecable, no estaba impresionada. No estaba temblando. No estaba pidiendo nada. Solo le estaba diciendo que no.
Su orgullo reaccionó como reaccionan los hombres mediocres cuando el poder deja de funcionarles: con crueldad.
Sacó la billetera, mostró un fajo de tarjetas negras y billetes como si estuviera a punto de resolver un asunto vulgar.
—Dime tu precio. Voy a mover a quien sea de esa cama si hace falta. Mi dinero paga este lugar, así que me atienden ahora.
El joven médico del fondo bajó la cabeza. Otro trabajador fingió revisar una carpeta. Nadie parecía saber cómo cortar aquello sin que el desastre los salpicara a todos.
Shemica dio un paso más y se plantó frente a la habitación de un hombre que acababa de salir de cirugía cardiaca.
—Guarde su dinero, señor Hunter. Aquí no se subastan vidas.
El insulto llegó primero.
Luego otro.
Nick empezó a gritar cosas cada vez más sucias. La llamó sirvienta con uniforme caro. La acusó de no entender “cómo funciona el verdadero poder”. Se burló de sus orígenes, de su puesto, de su voz, de su piel. Las palabras salían de su boca con el placer enfermizo de quien disfruta humillar cuando se siente observado.
Shemica no respondió.
No porque no le doliera.
Porque entendía algo que muchos no entienden: discutir con ciertos hombres no los calma, solo les da más escenario.
Giró para tomar el teléfono de la pared y llamar a seguridad.
Y fue entonces cuando Nick perdió el poco control que fingía tener.
El golpe sonó tan fuerte que el pasillo entero pareció quedar suspendido.
La mano de Nick impactó de lleno contra el rostro de Shemica. Su cabeza se sacudió hacia un lado. El portapapeles cayó al suelo. Su cuerpo se fue hacia atrás hasta chocar con el mostrador de la estación de enfermería. Instintivamente, abrazó su vientre con ambos brazos y se dobló un poco, más por proteger a su bebé que por el dolor del golpe.
Nadie habló.
Una enfermera se cubrió la boca con las dos manos.
Un familiar soltó un gemido.
El residente joven se quedó petrificado.
Nick bajó el brazo y se arregló el puño de la camisa con una calma monstruosa.
—Tal vez así aprendas cuál es tu lugar.
Al fondo del pasillo, una figura en traje negro observaba en silencio.