Intensamente.
Me giré lo justo para verlo: el cambio. La tensión. El pánico que se apoderaba de mí.
—Eso es imposible —espetó.
Y en ese instante, lo supe.
La verdad finalmente me había alcanzado.
Abroché el cinturón de seguridad de Owen en el coche.
—Espera aquí —le dije con suavidad.
Cuando me giré, Grant ya venía hacia mí, con el teléfono aún en la mano.
—¿Qué hiciste? —preguntó con insistencia.
No qué pasó. No si es cierto. Solo culpar.
Lo miré a los ojos. —Tendrás que ser más específica.
—Mi abogado dice que hay una retención en la transferencia de los activos de mi empresa —dijo.
Me quedé callada.
—Y dicen que los documentos se presentaron esta mañana.
—No esta mañana —respondí con calma—. Hace tres semanas.
Fue entonces cuando lo comprendió.
No había sido tan impotente como él pensaba.
Grant construyó su empresa desde cero, o al menos eso era lo que decía.
Lo que no mencionaba era a mí.
En aquellos primeros años, mientras él buscaba contratos, yo me encargaba de todo lo demás: facturación, nóminas, permisos, llamadas a proveedores. No figuraba como propietaria porque confiábamos el uno en el otro.
Pero llevaba un registro.
No como arma.
Simplemente porque era la única organizada.
Cuando comenzó el divorcio, mi abogada, Mara, notó algo que nadie más había preguntado:
¿Quién financió realmente el crecimiento de la empresa?