Al mediodía llegó Doña Carmen con mole de olla, “tu favorito, mijita”, dijo con voz de telenovela. Mariana fingió náusea, llevó el plato al patio y guardó parte de la salsa en una bolsa. El resto lo tiró. Cuando Carmen vio el plato vacío, se le iluminó la cara.
Una hora después, Daniela llegó para ayudarla a vestirse. Le eligió ropa gris, le despeinó un poco el cabello y le puso corrector bajo los ojos para que pareciera más pálida.
Mariana se dejó.
En el elevador rumbo al piso ejecutivo de Grupo Salazar, Alejandro se inclinó hacia ella.
—Si te pones difícil, el doctor te va a tranquilizar. Es por tu bien.
Al abrirse las puertas, Mariana vio al médico esperando con un maletín negro.
No la llevaban a una junta.
La llevaban a su ejecución pública.
Y todos estaban a punto de ver quién caía primero.
PARTE 3
La sala de consejo estaba llena cuando Mariana entró tomada del brazo de Alejandro. Algunos directores evitaron mirarla. Otros fingieron revisar papeles. Los rumores ya habían hecho su trabajo: la heredera de Grupo Salazar estaba “perdiendo la razón”.
Alejandro la sentó al frente, como si ayudara a una enferma. Luego se puso de pie con una tristeza impecable.
—Gracias por venir con tan poca anticipación —dijo—. Mariana no está bien. La amo, pero su salud mental se ha deteriorado. Ha escuchado voces, ha olvidado decisiones importantes, ha tenido episodios de paranoia. Por el bien de ella y de la empresa, solicito una transferencia temporal de autoridad hacia mí mientras recibe tratamiento.
Daniela caminó alrededor de la mesa repartiendo carpetas perfectamente ordenadas. Dentro había notas psiquiátricas falsas, una resolución de emergencia y documentos legales diseñados para convertir un robo en un acto de “protección”.
Doña Carmen, sentada al fondo, se secaba lágrimas imaginarias con un pañuelo.
Entonces uno de los consejeros más antiguos, Don Ernesto, levantó la voz.
—Señora Mariana, ¿quiere decir algo?
Alejandro se agachó junto a ella y acercó el micrófono.
—Di que estás de acuerdo —murmuró sonriendo.
Mariana levantó la mirada.
El silencio cambió de peso.
Enderezó la espalda, tomó el micrófono con una calma que hizo palidecer a Alejandro y dijo:
—No. Quiero hablar por mí misma.
Alejandro se quedó inmóvil.
—No estoy incapacitada mentalmente —continuó Mariana—. He sido drogada de forma sistemática por mi esposo, con ayuda de Carmen Robles y Daniela Torres, para hacerme parecer inestable, arrebatarme mi empresa y tomar control de la fortuna que mi padre construyó.
La sala explotó en murmullos.
Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, las puertas se abrieron. Entró Jorge Velasco con dos agentes de la Fiscalía y, detrás de ellos, Luis Méndez, el gerente del restaurante.
Primero proyectaron el video de seguridad: Alejandro abriendo la bolsa de Mariana, cambiando sus vitaminas por pastillas idénticas mientras Carmen y Daniela miraban sin sorpresa.
Luego vino el audio de la casa: Alejandro y Daniela hablando de la dosis, del médico, de fingir ser hermanos y de internar a Mariana para siempre.
Después Jorge presentó el análisis del frasco, la muestra del mole, los documentos médicos falsificados, la petición de tutela, las transferencias ilegales, las compras ocultas y las pruebas de que Daniela era amante de Alejandro desde años antes de la boda.
Alejandro gritó que todo era un montaje.
Daniela empezó a llorar.
Carmen intentó salir de la sala.
Nadie les creyó.
Los rostros de los consejeros pasaron de la duda al asco. La misma gente que había llegado lista para cuestionar a Mariana ahora veía desmoronarse al hombre que pretendía reemplazarla.
Los agentes detuvieron primero a Daniela. Carmen fue arrestada más tarde, en la casa de Las Lomas, cuando encontraron más documentos financieros escondidos en su habitación. Alejandro salió esposado por el pasillo principal de Grupo Salazar mientras empleados, contadores y secretarias lo miraban en silencio.
Antes de entrar al elevador, volteó hacia Mariana.
Quizá esperaba verla llorar.
Quizá pensó que todavía podía manipularla.
Pero Mariana no bajó la mirada.
Un mes después, Mariana volvió a ocupar su oficina. Ordenó una auditoría forense completa, despidió a quienes habían colaborado con Alejandro y reconstruyó su equipo directivo. La denuncia penal avanzaba. Los dictámenes falsos habían sido retirados. Su autoridad seguía intacta.
Un viernes por la tarde regresó al restaurante de Polanco donde todo había comenzado. Luis Méndez la esperaba en la misma mesa de la esquina.
—Gracias por no quedarte callado —le dijo Mariana—. La mayoría habría preferido no meterse.
Luis bajó la vista.
—Solo hice lo correcto.
Mariana negó suavemente.
—No. Hiciste lo difícil.
Afuera, la Ciudad de México seguía rugiendo con cláxones, tráfico y gente que corría como si nada hubiera pasado. Pero para Mariana, todo era distinto. Perdió un matrimonio, una mentira y la vida que creía tener.
Pero recuperó algo mucho más valioso.
Su nombre.
Su empresa.
Y a sí misma.