Di un paso más hacia ella.
—Y si en tres días siguen aquí… ellos se van a encargar de sacarlos.
Nadie respondió.
Nadie se atrevió a discutir.
Esa noche la casa quedó en un silencio extraño.
Valeria se me acercó despacio.
—¿De verdad… se van a ir?
—Sí.
Ella rompió a llorar, pero sin hacer ruido.
La abracé.
Y por primera vez…
no se apartó.
Al contrario.
Se aferró a mí con fuerza.
—Pensé… que ya no te importaba…
Cerré los ojos.
—Perdóname…
La abracé más fuerte.
—No voy a volver a dejarte sola.
Ella negó con la cabeza y me miró con un brillo distinto en los ojos.
—Llegaste justo a tiempo.
Pasaron los tres días.
Uno por uno, se fueron.
Sin despedirse.
Sin mirar atrás.
Mi madre…
no volvió a dirigirme la palabra.
Pero ya no me importó.
Porque por fin la casa volvió a sentirse nuestra.
Silenciosa.
Limpia.
En paz.
Con el paso de las semanas, Valeria fue recuperando la fuerza.
Le volvió el color al rostro.
Le volvió la sonrisa.
Y una mañana, mientras tomábamos café en el balcón, me miró y dijo:
—Emiliano…
—¿Sí?
Sonrió.
—La vida sí cambia… cuando por fin tienes a alguien de tu lado.
Yo sonreí también y le tomé la mano.
—No voy a soltarte nunca más.
Y en ese momento entendí…
que no solo habíamos recuperado la casa.
Nos habíamos recuperado el uno al otro.
i propia casa.