El cachetadón que destrozó a una familia: le exigieron su lugar de primera clase a la hija que usaban de cajero automático

2 oficiales de la Guardia Nacional se acercaron al mostrador a paso rápido. La agente de la aerolínea, pálida del susto, había presionado 1 botón de pánico bajo el escritorio.

Don Arturo intentó enderezarse, acomodándose la chamarra como si todavía pudiera aparentar ser 1 señor de respeto.

—No pasó nada, jefazo —dijo con voz de macho altanero—. Es mi hija, nomás fue 1 problemita familiar que ya arreglamos.

Uno de los oficiales lo miró de arriba a abajo con expresión de piedra.

—Señor, acaba de agredir físicamente a 1 pasajera dentro de 1 zona federal de seguridad. Necesito que me acompañe ahora mismo.

Doña Leticia abrió los ojos de par en par, ahora sí sintiendo terror puro.

—Oficial, por la Virgencita, se lo juro que fue 1 malentendido. Mi viejo es 1 persona decente.

Jimena casi suelta 1 carcajada. Decente. La palabra sonaba a chiste malo mientras su mejilla seguía latiendo. Sofía, desesperada, agarró a Jimena del brazo clavándole las uñas.

—Diles que no fue neta. Ya deja de arruinar el viaje, güey.

Jimena se zafó con 1 movimiento brusco.

—No voy a echar mentiras por ustedes. Nunca más.

Don Arturo se puso rojo del coraje.

—Jimena, ten mucho cuidado con lo que vas a hacer.

—Ya tuve demasiado cuidado con ustedes toda mi vida, papá. Se acabó.

Mientras los oficiales se llevaban a su padre, Jimena se acercó tranquilamente al mostrador.

—Señorita, necesito separar mi reservación de la de ellos en este instante.

La agente asintió, todavía nerviosa.

—Claro. ¿Desea mantener únicamente su boleto y los beneficios de su perfil?

—Sí. Quiero retirar mis millas, mis ascensos, mi franquicia de equipaje extra y cualquier tarjeta mía ligada al grupo. También bloquee cualquier cambio sin mi contraseña personal.

Doña Leticia dejó de fingir que lloraba y miró a su hija con espanto.

—¿Qué chingados estás haciendo, Jimena?

—Lo que debí hacer desde hace 10 años, mamá.

La agente empezó a teclear. Sofía miró con terror sus 3 inmensas maletas y 1 caja rígida donde llevaba vestidos para fotos. Su mamá llevaba 2 maletas más. Su papá había documentado 1 maleta extra repleta de regalos.

—Al separar el registro, las otras pasajeras pierden los beneficios. Hay cargos muy altos por exceso de peso —advirtió la empleada.

—Pues que los paguen ellas —respondió Jimena.

Doña Leticia apretó la mandíbula, sacando su lado soberbio.

—No necesitamos tus limosnas, chamaca ingrata.

Sacó 1 tarjeta dorada de Don Arturo y la azotó contra el mostrador.

—Cóbrese todo de ahí.