PARTE 2
A las cinco de la mañana, mientras Diego dormía en el penthouse de Polanco con Lucía ocupando mi lado de la cama, yo ya había activado el protocolo de emergencia corporativa. Primero llamé a Ramiro, jefe de seguridad de mi padre durante veinte años. Después a Elías, abogado general del grupo. Luego a Mariana Torres, directora financiera y una de las pocas personas que siempre supo quién firmaba realmente las decisiones importantes. —Código Alcázar Siete —dije, respirando con dificultad porque cada palabra me partía el abdomen—. Diego Montes es hostil. Revóquenle accesos, tarjetas, transporte, residencia corporativa, cuentas ejecutivas y permisos de servidor. Consejo extraordinario a las siete. A las ocho quiero estar en la torre. Ramiro guardó silencio un segundo. —Señora, usted acaba de dar a luz. —Y él acaba de intentar quitarme a mis hijos y mi empresa. Tráeme una silla de ruedas, mi traje blanco y un equipo médico móvil. A las siete cuarenta y cinco, las puertas del elevador privado de la Torre Alcázar se abrieron en el vestíbulo principal de Santa Fe. Diego ya estaba allí, furioso porque su credencial no funcionaba y porque su lugar de estacionamiento estaba bloqueado. Lucía estaba detrás, pálida, con el café temblándole en la mano. Cuando me vio entrar en silla de ruedas, con traje blanco, lentes oscuros y dos guardias a cada lado, su cara cambió. Primero confusión. Luego molestia. Después miedo. —¿Qué haces aquí? —escupió—. Deberías estar en el hospital. Me quité los lentes. Todo el vestíbulo quedó en silencio. Empleados, analistas, asistentes, ingenieros, personal de limpieza… todos miraban. —Vine a recuperar mi empresa —dije. Diego soltó una carcajada. —¿Tu empresa? Yo soy el CEO. —Eras el CEO —respondió Elías, abriendo una carpeta—. Por decisión del consejo y bajo autoridad de la presidenta del fideicomiso controlador, quedas removido con efecto inmediato. Diego me miró como si yo hubiera cambiado de idioma. —¿Presidenta? —La silla nunca estuvo vacía —dije—. Solo te dejé sentarte en ella para que el mercado viera lo que quería ver. Yo conservé el cincuenta y uno por ciento de los votos, el control del fideicomiso y la presidencia del consejo. Tú no tienes una sola acción con poder real. Ni una. El murmullo recorrió el vestíbulo como una descarga eléctrica. Lucía dio un paso atrás. —Diego, tú dijiste que el penthouse era tuyo… —El penthouse está a nombre del fideicomiso Alcázar —dije sin mirarla—. Los autos también. Las tarjetas también. Hasta el jet que usaste para tus “juntas” con ella. Diego se puso rojo. —¡Yo construí esta compañía! —No —respondí—. Tú leíste en voz alta lo que yo construí. Entonces Elías levantó los papeles del divorcio. —Además, el señor Montes firmó una separación absoluta de bienes basada en titularidad legal. Documento presentado por él mismo hace unas horas a la señora Alcázar mientras se recuperaba de una cesárea de emergencia. Varias personas abrieron la boca. Diego intentó avanzar hacia mí, pero Ramiro se interpuso. —No la toque. —Es mi esposa. —Es la presidenta del consejo —corrigió Ramiro—. Y usted ya no tiene autorización para estar aquí. Diego perdió el control. Gritó que todos le debían lealtad, que sin él la empresa se hundiría, que yo estaba loca por las hormonas. Esa frase fue su última estupidez. Elías entregó una orden interna. Seguridad le retiró la credencial, las llaves, el teléfono corporativo, la tarjeta ejecutiva y el acceso al penthouse. Lucía comenzó a llorar cuando Recursos Humanos le informó su despido por uso indebido de activos, relación no declarada con ejecutivo y manipulación de agenda corporativa. Diego me miró por primera vez sin arrogancia. —Valeria… los bebés… —Un padre no lanza papeles de divorcio sobre el vientre recién operado de la madre de sus hijos —dije—. Tú no eres padre todavía. Eres un hombre que tendrá que demostrar, ante un juez, si merece acercarse a ellos. Ramiro hizo una seña. Lo sacaron entre gritos, frente a todos. Cuando las puertas giratorias se cerraron detrás de él, alguien empezó a aplaudir. Después otro. Luego todo el vestíbulo estalló. Levanté una mano. El aplauso se apagó. —Gracias —dije—. Pero el mercado abre en veinte minutos. Vuelvan a sus puestos. Hoy no vamos a alimentar el escándalo. Vamos a demostrar estabilidad. Y así, con puntos frescos bajo el traje y leche manchando discretamente mi blusa, entré al elevador rumbo al consejo.
EL CEO HUMILLÓ A SU ESPOSA RECIÉN OPERADA PARA IRSE CON SU SECRETARIA… SIN SABER QUE ELLA ERA LA DUEÑA DE TODO