El Día de San Valentín, a las 4:30 de la madrugada, la amante de mi esposo me envió un video sexual. A la mañana siguiente, lo transmití durante el noticiero matutino en vivo de la empresa, dejándolos…

Cuando salió, revisé el archivo. Era una presentación tonta con fotos de parejas de la oficina. Pero al final había una imagen de Rodrigo con la mano en la cintura de Valeria, demasiado cerca, demasiado obvio. Un mensaje escondido solo para mí.

Entonces hice lo que sabía hacer mejor.

Cambié el archivo por el video que ella misma me había mandado. Lo renombré igual. Dejé la USB como origen. En los registros aparecería como material entregado por Valeria.

A las 7:00 inició la transmisión.

Desde las cámaras de seguridad vi el lobby lleno. Más de doscientas personas con café en mano. Rodrigo estaba al centro, sosteniendo un ramo enorme de rosas rojas, actuando como esposo perfecto. Valeria estaba cerca de la barra, mirándolo como si ya hubiera ganado.

La conductora sonrió a cámara.

“Y para cerrar, un mensaje especial del área comercial por San Valentín.”

Presioné enter.

La pantalla gigante se puso negra.

Luego apareció la habitación del hotel.

“Mi amor, despierta. Dile feliz San Valentín a tu esposa.”

El lobby entero se congeló.

El rostro de Rodrigo apareció enorme en la pantalla. Después la voz de Valeria, burlándose de mí, resonó por los altavoces.

“Tu esposa ya se ve cansada. Déjame cuidarte yo.”

El ramo se le cayó a Rodrigo. Las rosas quedaron regadas sobre el piso blanco como manchas de sangre.

Valeria tiró su café. Varias personas sacaron el celular. Alguien gritó. Alguien más empezó a transmitir en vivo.

El director general ordenó cortar la señal.

Yo apagué la pantalla y bajé al lobby con las manos temblando, actuando como si acabara de descubrirlo junto con todos.

“Rodrigo… ¿qué es esto?”

Él palideció.

“Mariana, escúchame. Es falso. Es inteligencia artificial. Alguien me quiere destruir.”

Valeria, desesperada, me señaló.

“¡Fue ella! ¡Ella cambió el archivo!”

Yo levanté la USB roja.

“¿La que tú me entregaste hace veinte minutos? ¿La que las cámaras grabaron cuando pusiste sobre mi escritorio?”

El murmullo explotó.

Entonces Rodrigo perdió el control. Se lanzó hacia Valeria y le gritó:

“¡Te dije que borraras ese video!”

Todos lo escucharon.

Y justo cuando pensé que el escándalo había llegado a su punto máximo, el abogado de la empresa apareció con el rostro pálido.

“Mariana, necesitamos hablar. No es solo el video. Rodrigo usó tu firma para algo mucho peor.”

En ese instante comprendí que la traición apenas estaba empezando.

PARTE 3

En la sala de juntas, Rodrigo ya no parecía el hombre elegante que daba discursos sobre liderazgo. Tenía el rostro desencajado, la corbata torcida y la mirada de alguien que acababa de perderlo todo.

Valeria lloraba con rímel corrido. Pero ya nadie la veía como víctima.

El licenciado Salgado, abogado de Grupo Horizonte, puso una carpeta frente a mí.

“Hace tres meses, Rodrigo solicitó un préstamo por cuatro millones de pesos con una financiera privada. Usó su firma digital como aval, señora Mariana.”

Sentí que el aire se me iba.

“Yo nunca firmé eso.”

“Lo sabemos”, dijo Julián, el director de sistemas, entrando con su laptop. “La firma fue hecha desde una sesión abierta en su computadora personal. Pero los metadatos muestran que Rodrigo accedió con su contraseña mientras usted estaba en una transmisión en vivo.”

Rodrigo golpeó la mesa.

“¡Eso no prueba nada!”

Julián no se movió.