Dante la observó desde la entrada y sintió algo que no había sentido en años: vergüenza.
Cuando ella lo vio, no se sorprendió. O si lo hizo, no lo mostró.
“Valentina”, dijo él.
Su nombre sonó diferente en su boca. Menos posesivo. Más roto.
Ella se apartó del grupo y caminó hacia él con serenidad.
“Dante.”
Él esperó un insulto. Una escena. Un reproche. Cualquier cosa que pudiera convertir aquel momento en una pelea, porque pelear era más fácil que aceptar.
Pero ella solo lo miró.
“Vine a pedirte perdón”, dijo él.
Valentina guardó silencio.
Dante respiró hondo.
“Fui un idiota. Fui cruel. Te di por sentada. Pensé que siempre estarías ahí porque siempre habías estado. Y esa noche…”
“No fue esa noche”, lo interrumpió ella suavemente.
Él bajó la mirada.
“No.”
El silencio entre ambos tuvo el peso de diez años.
“Yo te amé, Dante”, dijo Valentina. “Te amé cuando no eras intocable. Te amé cuando temblabas antes de tus primeras reuniones. Te amé cuando nadie apostaba por ti. Te amé incluso cuando empezaste a convertirte en alguien que ya no sabía abrazar sin sentir que perdía poder.”
Los ojos de Dante se humedecieron, pero ella no se detuvo.
“Y mientras yo te amaba, tú confundiste mi paciencia con debilidad. Mi silencio con ignorancia. Mi lealtad con obligación.”
Él quiso tomarle la mano. Ella dio un paso atrás.
Ese pequeño movimiento lo destrozó más que cualquier golpe.
“¿Hay alguna forma de arreglarlo?”, preguntó.
Valentina lo miró con una tristeza tranquila.
“No todo lo que se rompe debe repararse. Algunas cosas se rompen para que una persona pueda salir viva.”
Dante cerró los ojos.
Por primera vez, no tuvo respuesta.
Desde lejos, alguien llamó a Valentina. Una niña quería mostrarle un dibujo. Ella giró la cabeza y sonrió, una sonrisa real, tibia, libre.
Dante entendió entonces que no había perdido solo a una esposa. Había perdido el único hogar que no podía comprar.
“Espero que algún día seas mejor”, dijo ella.