—No es gran cosa —dijo Yusha. Su voz fue una revelación: baja, melodiosa y desprovista de la aspereza a la que se había acostumbrado en los hombres—. Pero el techo aguanta y las paredes no se derrumban. Estarás a salvo aquí, Zainab.
El sonido de su nombre, pronunciado con tanta solemnidad, la impactó más que cualquier golpe. Se desplomó sobre una alfombra fina, con los sentidos hipersensibles al espacio. Lo oyó moverse: el tintineo de una taza de hojalata, el crujido de la hierba seca, el crepitar de una cerilla.
Esa noche, él no la tocó. Le colocó una manta pesada con aroma a lana sobre los hombros y se retiró hacia la puerta.
—¿Por qué? —susurró ella en la oscuridad—.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me llevas? No tienes nada. Ahora no te queda nada, y tienes a una mujer que ni siquiera puede ver el pan que come.
Lo oyó moverse contra el marco de la puerta. —Quizás —dijo suavemente—, no tener nada es más fácil cuando tienes a alguien con quien compartir el silencio.