Pero las sombras siempre se alargan antes de desvanecerse.
Un martes, envalentonada por su recién descubierta independencia, Zainab llevó una cesta a las afueras del pueblo para recoger verduras. Conocía el camino: cuarenta pasos hasta la gran piedra, un giro brusco a la izquierda que traía consigo el aroma de la curtiduría, y luego todo recto hasta que el aire se refrescaba con el arroyo.
—Mira eso —siseó una voz. Era una voz como cristales rotos—. La reina de los mendigos ha salido a dar un paseo.
Zainab se quedó paralizada. —¿Aminah?
Su hermana invadió su espacio personal; el aroma a agua de rosas cara la dejó con una sensación abrumadora y sofocante. —Te ves patética, Zainab. De verdad. Pensar que cambiaste una mansión por una choza de barro y un hombre que huele a cloaca.
—Soy feliz —dijo Zainab con voz temblorosa pero firme—. Me trata como si fuera de oro. Algo que nuestro padre nunca entendió.