Parte 2
El cambio empezó con cosas pequeñas: un pediatra privado, análisis completos, un tratamiento correcto para la infección de Nancy y una orden tajante de Mateo para que Adela no volviera a esconder a su hija como si fuera una culpa. En menos de una semana, la fiebre cedió y la mansión dejó de sonar a mausoleo. Nancy volvió a caminar por los corredores con pasos cortos, preguntando por los nombres de las flores del jardín y dando las gracias hasta por un vaso de agua. Mateo comenzó a bajar del despacho, primero unos minutos, luego una hora, luego una comida entera. La veía dibujar en el piso y algo en él despertaba, pero Renata también lo notó. En la familia empezaron los murmullos: que la sirvienta había aprovechado la enfermedad de la niña, que aquella escena del inhalador había sido una trampa perfecta, que un hombre en duelo era fácil de manipular. Iván llevó ese veneno más lejos y filtró a una revista local la historia de una empleada humilde instalada en la casa de un viudo millonario. Adela quiso renunciar por vergüenza, pero Mateo se lo prohibió con una firmeza inesperada. Le dijo que ella no se iba a ir por culpa de la maldad ajena. Días después, Nancy encontró una caja vieja en la capilla privada de la mansión. Dentro había estampitas, cartas de agradecimiento y una medalla de la Virgen de Juquila. Cuando Adela la vio, se quedó blanca. Reconoció la cinta azul desteñida al instante. 5 años atrás, cuando Nancy nació con problemas respiratorios y ella no tenía para pagar el oxígeno ni los medicamentos, una mujer elegante había llegado a la clínica comunitaria de Pinotepa Nacional con el nombre de Luz. No pidió fotos, no dejó discursos, solo pagó la cuenta, besó la frente de la bebé y dejó aquella medalla entre las cobijas. Mateo sintió que el aire se le helaba. Pidió los archivos de la antigua fundación de su esposa, esa que había dejado de funcionar después del accidente. Pasó horas revisando carpetas hasta que encontró una ficha médica con el nombre de Nancy Santiago, una transferencia completa y una nota escrita por Lucía de su puño y letra: “No dejen sola a esta mamá. La niña tiene ganas de vivir”. La niña que acababa de salvarle la vida era la misma por la que Lucía había intercedido años antes. Pero el hallazgo no terminó ahí. En otra carpeta, escondidas entre estados financieros, aparecieron desvíos de dinero de la fundación hacia una empresa fantasma administrada por Iván y autorizada por Renata durante los meses en que Mateo estuvo destrozado y sin revisar nada. La mano que había vaciado la obra más querida de Lucía era la misma que ahora llamaba oportunista a Adela. Y esa noche, cuando Mateo cerró la última carpeta, comprendió que la mansión no había estado vacía solo por la muerte, sino también por la traición.