En el 45 cumpleaños de mi madre, mi padre le dijo: “Ya has pasado tu fecha de caducidad”, le entregó los papeles del divorcio y se marchó. Un año después, ella tuvo la última palabra.

Lydia abrió la puerta antes de que llamáramos. Parecía agotada. «La cirugía no salió bien».

Mamá se quedó paralizada. Intercambiamos miradas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó mamá—. ¿Qué cirugía?

“Se gastó todo el dinero intentando no envejecer”, dijo Lydia, indicándonos que entráramos. “Cirugías, tratamientos, inyecciones, trasplante de cabello, estiramiento de la piel… de todo. Cada vez que alguien le prometía que se vería más joven, pagaba”.

—¿Y Tessa? —preguntó Nora.

“Se marchó en cuanto se le acabaron las tarjetas de crédito.”

Mamá no reaccionó. “¿Y ahora?”

“No podía pagar su apartamento. Lleva aquí dos semanas.”

Luego entramos en la sala de estar.

Papá estaba sentado en el sillón reclinable de Lydia, y por un momento no lo reconocí.

Su rostro se veía extraño: tenso en algunas partes, demacrado en otras. Un ojo ligeramente desviado. Sus mejillas desiguales. Su cabello más oscuro de lo natural.

No parecía más joven.

Parecía dañado.

Papá nos vio y se levantó demasiado rápido. “Kayla”.

Mamá lo miró. “Has estado muy ocupado”.

Tragó saliva. “No salió como esperaba. Cometí errores.”

Ben soltó una risita. “¿Tú crees?”

Papá lo ignoró. Mantuvo la mirada fija en mamá. “Pensé que tal vez podríamos hablar”.

Ahí estaba de nuevo. La misma arrogancia. La creencia de que aún lo enfrentaría en las mismas condiciones en que él se encontraba.

Lydia no dijo nada. Simplemente observó.

Mamá se adentró más en la habitación.

“¿Hablar de qué?”

Se lamió los labios. “Sobre nosotros”.

“No existe un nosotros.”

Su rostro se contrajo. —Kayla…

“No. No puedes volver porque tu pequeña actuación fracasó.”

“No fue así.”

Ella lo miró con una fiereza que incluso a mí me hizo enderezarme. —Me dijiste que había muerto.

Apartó la mirada. “Estaba enfadado”.

“Eras un imbécil egocéntrico. Y lo sigues siendo.”

Lydia se cruzó de brazos, en silencio.

Papá lo intentó de nuevo. “Pensé… pensé que podía volver a empezar”.
Mamá no cambió de expresión. “No te fuiste porque yo muriera. Te fuiste porque pensaste que nunca lo harías”.

La habitación quedó completamente en silencio.

Por primera vez en mi vida, vi a mi padre sin nada: sin guion, sin imagen, sin perspectiva. Solo un hombrecillo ingenuo sentado entre los restos de su propia vanidad.

Mamá respiró hondo. “Espero que sobrevivas a lo que elegiste. Pero yo no soy parte de tu solución.”