PARTE 2
Mientras esperaba la respuesta, no aparté la vista de la escena. Cada detalle encajaba con una precisión espantosa. La cocina abierta al viento. El agua fría. Mi hija trabajando de pie con el cuerpo hinchado del embarazo, mientras ellos cenaban cómodos. No era una mala tarde. No era una discusión doméstica. Era un sistema. Humillación disfrazada de costumbre. Crueldad envuelta en disciplina.
Rodrigo dejó el tenedor sobre el plato y tomó su copa con una calma que me revolvió el estómago.
“No exageres, señora Teresa”, dijo. “Ximena está bien. Solo tiene que aprender a administrar. Aquí no estamos para derrochar gas ni agua caliente. Yo soy el único que mantiene esta casa.”
Doña Elvira asintió con esa superioridad vieja que tienen algunas mujeres que creen que sufrir les da derecho a hacer sufrir.
“En mis tiempos una esposa servía primero y se quejaba después”, soltó. “A ver si así aprende.”
Ximena no dijo nada. Seguía restregando una cacerola sin fuerza, con la espalda tensa, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. Yo conocía ese silencio. No era cansancio. Era miedo.
Me acerqué a ella y le tomé la mano. Estaba helada.
“Vente conmigo”, le dije en voz baja.
Ella se puso blanca.
“No, mamá… no ahorita”, murmuró casi sin mover los labios. “Después te explico.”
Rodrigo se levantó de su silla con una lentitud calculada. No era un hombre grande, pero se movía como los que están acostumbrados a que todos retrocedan cuando él avanza.
“Ximena no se va a ninguna parte”, dijo. “Esta es su casa.”
Entonces vi algo que me heló más que la cocina. Mi hija se encogió sobre el vientre, protegiéndose antes de que él siquiera la tocara. Ese gesto no nace en un día. Nace después de muchas amenazas.
El celular vibró en mi mano. Un mensaje breve: Voy en camino.
Respiré hondo. Pero justo cuando pensé que ya había visto suficiente, llegó el verdadero giro.
Doña Elvira, molesta porque su plato estaba vacío, llamó a Ximena con un chasquido de dedos, como si llamara a una sirvienta. Mi hija fue hacia ella lo más rápido que pudo con ese vientre enorme. Entonces Rodrigo la detuvo con una frase que me hizo hervir la sangre.
“Apúrate”, le dijo. “O se te va a hacer tarde para firmar lo de mañana.”
Ximena levantó la cara, aterrada.
“¿Qué firma?”, pregunté.
Rodrigo sonrió por primera vez con sinceridad. Y esa sonrisa fue peor que cualquier grito.
“El trámite del departamento”, respondió. “Va a quedar a nombre de mi mamá. Por seguridad. Ximena ahorita está muy sensible, no entiende de finanzas.”
Volteé hacia mi hija. Los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato.
No solo la estaban humillando. La estaban despojando. Ese departamento había sido comprado en parte con el dinero que ella heredó de su padre. Yo lo sabía. Ella puso el enganche. Ella había confiado en su marido. Y ahora, embarazada, aislada y aterrada, querían hacerla firmar para dejarla sin nada.
“Dile a tu mamá que no meta ideas”, dijo Rodrigo, acercándose más. “Porque si armas escándalo, yo me quedo con el niño. ¿Quién va a creerle a una embarazada inestable?”
Ximena comenzó a llorar en silencio.
En ese instante se escuchó el motor de varias camionetas deteniéndose afuera.
Rodrigo frunció el ceño. Doña Elvira dejó la copa a medias. Yo guardé el teléfono y los miré a los dos.
“Ya no van a necesitar que ella firme nada”, dije.
Entonces tocaron la puerta.
Y esta vez, nadie en esa casa estaba preparado para abrirla…