PARTE 2
La audiencia empezó un martes por la mañana en los juzgados, con mi mamá vestida de negro como si estuviera de luto por algo más que la muerte de mi abuelo. Mi papá no me miró ni una sola vez. Paola sí. Me miraba como si yo fuera una ladrona sentada en el lugar equivocado.
El abogado de ellos intentó pintar una historia perfecta: yo era la nieta ambiciosa, la que se acercó al abuelo en sus últimos meses para quedarse con todo. Según ellos, Arturo ya no recordaba fechas, confundía nombres y firmaba papeles sin entender.
Yo escuchaba en silencio, con el estómago hecho piedra.
Después habló Leonardo. Presentó los documentos médicos, la constancia del neurólogo, los videos donde mi abuelo entraba al notario caminando tranquilo, bromeando con el elevadorista, perfectamente consciente. También mostró mensajes donde mi mamá preguntaba cuánto podía valer el departamento si se vendía rápido.
Mi mamá bajó la cabeza.
Pero el golpe más fuerte vino de donde nadie lo esperaba: mi prima Mariana.
Mariana siempre había sido discreta. Hija de mi tía Patricia, rara vez se metía en los pleitos. Cuando la llamaron a declarar, Paola soltó una risa burlona, como si estuviera segura de que Mariana diría lo que les convenía.
No fue así.
Con la voz temblorosa, Mariana confesó que mi mamá la había presionado para ayudar a “vaciar el departamento” antes de que yo regresara. Dijo que Leticia le prometió algunos muebles antiguos y unas joyas de mi abuela si cooperaba.
La sala quedó muda.
Luego Mariana agregó algo que hizo que Paola se pusiera pálida: mi hermana llevaba semanas presumiendo que, cuando vendieran el departamento, usaría su parte para rentar un local enorme en Presidente Masaryk.
“Paola decía que Ana Lucía no necesitaba nada porque siempre había sido la favorita del abuelo”, declaró Mariana.
Sentí un nudo en la garganta, pero no lloré.
Mi papá apretó la mandíbula con tanta fuerza que pensé que se le romperían los dientes. Paola me fulminó con la mirada. Mi mamá no pudo levantar los ojos.
Al salir de la sala, en el pasillo largo de mármol, Paola me alcanzó.
“¿Contenta?”, me escupió. “Ya destruiste la reputación de la familia.”
No me detuve.
“Yo no destruí a la familia, Paola. Solo dejé de permitir que ustedes destruyeran mi vida para cumplir sus caprichos.”
Ella se me puso enfrente, bloqueándome la salida. Varias personas voltearon.
“¡Siempre te creíste mejor que yo porque el abuelo te quería más!”, gritó.
La miré bien. Por primera vez no vi a mi hermana menor. Vi a una mujer adulta que nunca aprendió a hacerse responsable de nada.
“Yo nunca quise ser mejor que tú”, le dije. “Solo quería tener una cosa que fuera mía.”
Entonces Paola me empujó del hombro.
No fue fuerte, pero los guardias del juzgado lo vieron todo.
Y cuando la sujetaron mientras gritaba que yo la había provocado, entendí que por primera vez nadie iba a correr a salvarla.
Pero faltaba la decisión del juez, y ahí podía perderlo todo.