Zara dudó un momento y luego se inclinó. “Vi lo que pasó afuera. Por favor, no dejes que te afecte”.
Emily esbozó una leve sonrisa. "Gracias."
Zara echó un vistazo rápido a su alrededor, bajando la voz. «Sophia les hace esto a las personas… especialmente a las que cree inferiores».
—Ya lo veo —dijo Emily.
Zara tragó saliva con dificultad. —Si quieres… puedes sentarte conmigo a almorzar. Yo tampoco tengo muchos amigos.
Emily la observó entonces con atención: se fijó en el valor que se necesitaba para ofrecer amabilidad en un lugar que la castigaba.
—Me gustaría —dijo Emily con suavidad.
El rostro de Zara se iluminó como si le hubieran entregado un pequeño milagro. "De acuerdo".
Por un instante, Gracefield no se sintió del todo fría.
Pero Sofía no construyó su imperio sobre momentos como ese. Lo construyó sobre el control.
Para la hora del recreo, Sophia ya estaba hablando desde el balcón como una reina dirigiéndose a su público.
—¡Chica becada! —gritó—. ¡No olvides la llave de tu bicicleta! Si te la roban, ¡seguro que tu patrocinador no te comprará otra!
Las risas estallaron a su alrededor. Zara se quedó paralizada, con la cabeza gacha, deseando desaparecer.
Emily se detuvo, miró a Sophia y dijo con calma: "No sabía que una bicicleta pudiera molestar tanto a la gente".
Algunos estudiantes guardaron silencio.
Emily continuó, aún con voz firme: “Pero gracias por tu preocupación. Estaré bien”.
Luego se marchó con Zara como si nada hubiera pasado. Y el silencio que siguió a su calma fue más fuerte que la risa que la precedió.
Ese fue el día en que Sophia decidió que Emily no era solo un objetivo.
Ella era una amenaza.
Porque la verdad de Sofía —su verdadera verdad— jamás podría sobrevivir a una chica que no le temiera.
Para Gracefield, Sophia era la "hija del multimillonario". Llevaba dos años cultivando esa imagen, hablando con naturalidad sobre chóferes, vuelos y dinero como si fuera lo más normal del mundo. La gente le creía porque vestía como si fuera rica, hablaba como si fuera rica y se comportaba como alguien a quien nunca le habían dicho que no.
Pero tras esa imagen se escondía un secreto que se negaba a recordar: la madre de Sophia, la señora Obi, era ama de llaves en una de las fincas de Madame Roselene. Así fue como Sophia llegó a Gracefield: porque su madre había suplicado ayuda, prometido trabajar más duro y llorado desconsoladamente hasta que Madame Roselene finalmente le dio una oportunidad.
Sophia odiaba esa parte de su historia. Prefería la versión más rica. La versión más sencilla.
Y entonces llegó Emily: bonita a su manera discreta, de piel tersa, mirada serena, con un ligero acento americano que a veces se le escapaba sin querer. Sophia no lo soportaba. Emily no necesitaba actuar para llamar la atención. Emily no necesitaba mentir para ser respetada. Y lo peor de todo… la gente empezaba a mirar a Emily con curiosidad en lugar de con burla.
Esa curiosidad se transformó en algo más agudo el día que Alex Okono se sentó a la mesa de Emily.
Alex era uno de los chicos más populares de la escuela: rico, querido, siempre rodeado de gente. Pero ese día, se acercó solo, sonrió y preguntó: "¿Está ocupado este asiento?".
Zara casi deja caer la cuchara.
Emily parpadeó. “No, puedes sentarte.”
Alex se sentó como si fuera lo más normal del mundo. Como si Emily perteneciera a ese lugar.
—Vi lo que pasó antes —dijo en voz baja—. Lo manejaste bien.
—Gracias —respondió Emily.
“Sophia puede ser muy intensa”, añadió Alex, inclinándose hacia adelante. “No dejes que te afecte”.
—No lo haré —dijo Emily.
Alex sonrió. “Bien. Y… si no te importa, me gustaría ser tu amigo”.
Al otro lado de la cafetería, Sophia observaba con el tenedor apretado con tanta fuerza que le dolían los dedos. Llevaba meses intentando atraer a Alex a su vida: riendo a carcajadas, coqueteando con delicadeza, esforzándose al máximo. Y ahora, en cuestión de días, la chica de la bicicleta había conseguido que Alex se sentara a su lado como si importara.
Sofía no solo sentía celos.
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