“Fui Cocinera Del CJNG”: Env3n3né A 14 Sic4rios Que Mat4ron A Mi Hijoo”

Todo el año. Mi madre me había llevado a verla una sola vez cuando yo tenía como 12 años y me había explicado sus propiedades con voz grave. “Esta planta es la más peligrosa de todas, Consuelo”, me dijo mientras señalaba las hojas oscuras y las flores moradas casi negras. Una cucharadita de extracto puede matar a un hombre en horas, pero lo más importante es que no tiene sabor, no tiene olor y los doctores nunca descubren qué la causó.

Parece un infarto, parece un derrame, parece muerte natural. Solo las curanderas viejas como tu abuela sabían reconocerla. me había enseñado cómo prepararla, cómo secar las hojas, cómo extraer el veneno, cómo calcular las dosis. Todo ese conocimiento había quedado guardado en un rincón de mi memoria durante décadas, esperando un momento que nunca pensé que llegaría.

Ahora había llegado. El primer paso era conseguir las plantas. El Toloache y el Chamico crecían en cualquier terreno valdío de las afueras de Guadalajara, así que empecé a recolectarlos en mis días libres. Salía temprano con una bolsa de mandado como si fuera al mercado, y caminaba por las orillas de la ciudad buscando las plantas que necesitaba.

Las cortaba con cuidado, las guardaba en bolsas de plástico y las llevaba a mi casa escondidas entre las verduras. La dormilona negra era más difícil. Según mi madre, solo crecía en las montañas del norte de Jalisco, cerca de donde yo había nacido. Tendría que hacer un viaje a mi pueblo natal para conseguirla.

Le dije a doña Celia que necesitaba unos días libres para visitar a mi familia en la sierra. Ella no puso objeciones, incluso me dio permiso de tomar una semana completa. Supongo que se sintió generosa considerando que acababan de matar a mi hijo. O quizás solo quería mantenerme contenta para que siguiera cocinando sin problemas.

Tomé un camión a San Martín de Bolaños, el pueblo donde había nacido. No había vuelto en más de 15 años y casi no lo reconocí. Muchas casas estaban abandonadas. La gente se había ido buscando trabajo en las ciudades y las calles que recordaba llenas de niños jugando ahora estaban vacías y silenciosas. Busqué a mi tía Esperanza, la única hermana de mi madre que seguía viva.

Tenía 83 años y vivía sola en una casita de adobe en las afueras del pueblo. Cuando me vio llegar, me abrazó llorando y me dijo que me parecía cada vez más a mi madre. Que en paz descanse. Le conté lo que había pasado con Daniel. Le conté todo sin omitir nada. El trabajo para el cártel.

La muerte de mi hijo, el cuerpo tirado en mi puerta. Mi tía escuchó en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y cuando terminé me tomó las manos y me miró fijamente. ¿Vienes a buscar la dormilona negra, verdad? No me sorprendió que lo supiera. Mi tía también era curandera. También había heredado el conocimiento de mi abuela. Conocía las plantas y sus usos, los buenos y los malos.

Le dije que sí, que venía a buscarla, que necesitaba hacer justicia por mi muchacho. Mi tía cerró los ojos un momento, como si estuviera consultando con los espíritus. Después los abrió y asintió lentamente. Te voy a llevar al lugar donde crece, pero antes tienes que saber algo, Consuelo. Cuando usas la dormilona negra para matar una parte de tu alma muere también. Nunca vuelves a ser la misma.

¿Estás dispuesta a pagar ese precio? Le dije que sí, que ya estaba muerta por dentro desde que mataron a Daniel, que no me importaba. perder lo que me quedaba de alma si con eso podía vengar a mi hijo. Mi tía asintió otra vez, se levantó de su silla con dificultad y me hizo señas para que la siguiera. Caminamos por el monte durante dos horas, subiendo por senderos que solo ella conocía, cruzando arroyos y trepando rocas.

A pesar de su edad, mi tía caminaba con paso firme, como si el monte le diera fuerzas. Yo la seguía en silencio, jadeando por el esfuerzo, sintiendo como el aire frío de la sierra me llenaba los pulmones. Finalmente llegamos a un pequeño claro junto a un arroyo de agua cristalina y ahí, creciendo a la sombra de unos encinos viejos, estaba la dormilona negra.

Reconocí las hojas oscuras y las flores moradas casi negras que mi madre me había mostrado hacía tantos años. Mi tía me enseñó a cortarla correctamente, a seleccionar las hojas más maduras, a extraer las raíces sin dañar la planta para que siguiera creciendo. Me explicó otra vez cómo preparar el veneno, cómo calcular las dosis, cómo conservarlo para que no perdiera potencia.

Una cucharadita en la comida mata a un hombre de 80 kg en 8 a 12 horas. Me recordó. Los síntomas parecen un infarto. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, sudoración. Para cuando llega al hospital ya está muerto y ningún doctor va a encontrar nada raro en la autopsia porque nadie sabe buscar esta planta. Le agradecí con un abrazo largo y apretado.

Mi tía me besó la frente y me dijo que rezaría por mí, que le pidiera perdón a la Virgen por lo que iba a hacer, que no olvidara que aunque los hombres merecieran la muerte, el acto de matar siempre dejaba cicatrices en el alma. Regresé a Guadalajara con una bolsa llena de dormilona negra escondida entre mis cosas. Pasé los siguientes días procesando las plantas según las instrucciones de mi madre y mi tía.

Sequé las hojas al sol, las molí en el metate hasta convertirlas en polvo fino. Preparé un extracto concentrado hirviéndolas en agua y evaporando el líquido hasta que quedó una pasta oscura. Guardé el veneno en frascos pequeños de vidrio que escondí en el fondo de mi alacena. detrás de los frascos de especias que usaba para cocinar.

Nadie sospecharía de unos frasquitos más en la cocina de una cocinera. También preparé toloache y chamico por si necesitaba variar los métodos. Cada veneno tenía sus ventajas y desventajas. El toloache era más fácil de conseguir, pero tenía un ligero sabor amargo. El chamico era más potente, pero tardaba más en hacer efecto.

La dormilona negra era perfecta, pero difícil de reponer una vez que se acabara. Para finales de mayo, un mes después de la muerte de Daniel, ya estaba lista para empezar. Mi primer objetivo fue el zorro, el halcón que había reportado a mi hijo aquella noche fatal. Era un tipo flaco y nervioso de unos 30 años, con ojos pequeños y nariz puntiaguda que le habían ganado el apodo.

Venía a comer a la casa de Tlajomulco tres o cuatro veces por semana. Siempre pedía lo mismo, un plato de pozole rojo con mucho orégano y chile. Observé sus rutinas durante dos semanas. Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la misma esquina del comedor, siempre comía rápido, como si tuviera prisa por irse.

Era perfecto para mi primer intento. Un miércoles de junio, cuando el zorro llegó a pedir su pozole, le preparé un plato especial. Usé la dormilona negra, media cucharadita mezclada con el caldo caliente. El veneno se disolvió completamente, sin alterar el color ni el sabor. Le agregué el orégano y el chile de siempre y se lo serví con una sonrisa.

Aquí tiene joven con harto chile como le gusta. El zorro se lo comió todo en 10 minutos. hasta remojó una tortilla en el caldo para no dejar nada. Cuando terminó, me felicitó por el pozole como siempre, dejó 50 pesos de propina y se fue. Esa noche no dormí. Me quedé despierta contando las horas, imaginando lo que estaba pasando dentro del cuerpo del zorro, el veneno entrando en su sangre, llegando a su corazón, empezando a hacer su trabajo.

Al día siguiente, cuando llegué a trabajar, doña Celia me dio la noticia con cara de preocupación. Ya se enteró, Consuelo. El zorro se murió anoche, le dio un infarto en su casa, lo encontró su mujer tirado en el baño. Apenas tenía 32 años, ¿quién iba a decir? Fingí sorpresa y tristeza. Dije que qué tragedia, que tan joven, que cómo era posible.

Por dentro sentí algo que no había sentido desde la muerte de Daniel. Satisfacción. El primero había caído, quedaban 13. Las semanas siguientes fui refinando mi técnica. Aprendí a calcular mejor las dosis según el peso de la víctima. Aprendí a variar los venenos para que no hubiera un patrón detectable. Aprendí a espaciar las muertes para que nadie conectara los puntos.

El segundo fue el chino, el sicario gordo que había levantado a mi hijo. Le puse toloache en los frijoles refritos que tanto le gustaban, una dosis doble por su peso. Murió 5co días después de aparente derrame cerebral. Los doctores dijeron que había sido por su obesidad y su presión alta.

El tercero fue un tipo al que llamaban el pescado, que había participado en la tortura de Daniel, según escuché, en una conversación que no debían saber que yo estaba oyendo. Le puse chamico en el agua de Jamaica que le preparé en una tarde calurosa. Murió esa misma noche en su casa, aparentemente de un golpe de calor severo. El cuarto y el quinto fueron dos hermanos, los Tapia, que habían ayudado a sostener a mi hijo mientras le cortaban el cuello.

Los maté juntos en una carne asada donde me pidieron que preparara las salsas y los guisados. Puse dormilona negra en el guacamole que solo ellos comían porque los demás no les gustaba. Murieron con tres horas de diferencia en lo que los doctores llamaron intoxicación. alimentaria severa. Cada muerte era un pequeño alivio para mi alma destrozada.