Los dedos de Emily se movieron.
Sólo un poco.
Pero suficiente.
Daniel se congeló.
El monitor parpadeó, solo un pequeño cambio, pero diferente del ritmo interminable y plano de los últimos ocho meses.
“Ella se movió...”, respiró.
Lily sonrió, todavía concentrada.
“Mi abuela dice que los corazones pueden escuchar... incluso cuando la gente está dormida”, dijo.
Por primera vez en meses, la habitación ya no se sentía pesada.
Se sentía... esperanzado.
Esa noche, Daniel se quedó despierto.
A las 3 de la mañana, lo volvió a ver.
Los labios de Emily temblaron.
Como si estuviera tratando de hablar.
Al día siguiente, la enfermera notó cambios.
“Sus signos vitales son... mejorar”, dijo, confundida. “Es pequeño, pero... real”.
Daniel no dijo nada.
Pero él esperaba.
Y Lily volvió.
Cada día, ella regresaba en silencio.
A veces con hierbas mezcladas en el suelo.
A veces solo su voz.
Y cada vez...
Emily respondió.