Al principio me repetía que eran sueños, movimientos involuntarios, imaginación. Pero había algo en su mirada—esa seriedad impropia de su edad—que no encajaba con una simple pesadilla.
Una mañana, Lily me hizo una pregunta que me dejó el estómago apretado.
—Mamá… ¿anoche entraste a mi cuarto?
Me agaché para quedar a su altura.
—No. ¿Por qué?
Ella dudó, apretando los labios antes de hablar.
—Porque… se sentía como si alguien estuviera acostado a mi lado.
- La sensación se repetía casi cada noche.
- La cama estaba ordenada y sin objetos estorbando.
- Su tono era serio, no juguetón.
Intenté restarle peso para no asustarla.
—Seguro lo soñaste. Mamá durmió con papá.
Pero por dentro, mi calma se rompió. A partir de ese momento, me costó concentrarme en cualquier otra cosa. Una parte de mí insistía: “Son pesadillas”. La otra parte no podía ignorar la angustia en su voz.
Se lo conté a mi esposo, Michael, que suele llegar tarde por su trabajo y muchas veces vuelve agotado, con la mente en otra parte. Me escuchó, pero lo tomó a la ligera.
—Los niños inventan cosas, Sarah. La casa está segura.
No discutí. No quería convertir un temor en un conflicto. Aun así, necesitaba una forma de calmar esa inquietud que no me dejaba respirar.
Así que instalé una cámara pequeña y discreta en una esquina alta del cuarto de Lily. No para vigilarla por desconfianza, sino para tranquilizarme. Para comprobar que todo estaba bien.