—Ahí está el fraude. Te hicieron firmar 1 cesión de derechos.
Al día siguiente, la maquinaria de Héctor se puso en marcha. No iba a usar los puños; iba a destruirlos con la ley. Contrató a 1 investigadora privada llamada Silvia, quien en menos de 48 horas consiguió los videos de seguridad del edificio. Las grabaciones mostraban a doña Carmela, Mauricio y Roberto rompiendo cajas, sacando las bolsas de ropa de Valeria y arrojándolas a la calle, riéndose mientras dejaban en la miseria a 1 mujer que acababa de dar a luz a su propia sangre.
Pero Silvia descubrió algo mucho más oscuro.
La investigadora localizó a 1 mujer llamada Patricia, expareja de Roberto. Patricia llegó a la casa de Héctor con las manos temblorosas y 1 carpeta llena de denuncias ignoradas.
—A mí me hicieron exactamente lo mismo hace 4 años —explicó Patricia, mirando a Valeria con empatía—. Cuando estaba embarazada de 8 meses, Roberto me hizo firmar unos papeles diciendo que eran para el hospital. Me robaron 1 terreno que me dejó mi abuelo. Luego intentaron quitarme a mi hija diciendo que yo sufría depresión posparto y era 1 peligro.
Valeria abrazó a su bebé contra su pecho, horrorizada. No había sido 1 arranque de locura de su esposo. Era 1 modus operandi. Esa familia se dedicaba a cazar mujeres vulnerables, huérfanas o solas. Las enamoraban, las embarazaban para dejarlas indefensas, les robaban su patrimonio mediante engaños notariales y luego las desechaban tachándolas de locas.
Pero el golpe final llegó 1 semana después.
Silvia, la investigadora, interceptó 1 mensaje de voz que Mauricio había mandado a 1 grupo de WhatsApp de sus amigos durante 1 carne asada, celebrando su “nueva casa”. Cuando Héctor y Valeria escucharon el audio en la sala, el silencio se volvió asfixiante.
—Yo nada más tuve paciencia, cabrones —se escuchaba la voz de Mauricio, arrastrando las palabras por el alcohol—. La huerfanita estaba embarazada, toda sentimental, toda idiota por los dolores. Mi hermano le metió los papeles en el hospital, entre las recetas, y la muy pendeja firmó sin leer. El departamento ya está a nombre de mi mamá y nos libramos del estorbo.
De fondo, se escuchó la voz de doña Carmela, nítida y cargada de soberbia:
—Esa muerta de hambre creyó que por parir 1 mocoso ya era la dueña de mi familia. Ahora va a aprender su lugar en la calle. Y si quiere ver al niño, me va a tener que rogar de rodillas.
Valeria emitió 1 sonido que no era 1 llanto normal; era el aullido de 1 alma rompiéndose. En ese instante comprendió que Mauricio no había dejado de amarla. La verdad era mil veces peor: nunca la había amado. Ella solo fue 1 proyecto, 1 estafa inmobiliaria con 1 bebé de por medio.
Héctor tuvo que salir al patio a respirar para evitar destruir la computadora a golpes.
Esa misma mañana, el licenciado Garza desató el infierno legal. Presentó 1 denuncia penal masiva por fraude genérico, violencia patrimonial, abuso de confianza, falsificación de documentos y asociación delictuosa. Solicitó de inmediato medidas de restricción para proteger a Valeria y al bebé, y exigió la nulidad absoluta de la cesión del departamento basándose en el vicio del consentimiento.
Doña Carmela, cegada por la arrogancia de quien nunca ha enfrentado consecuencias, cometió el peor error de su vida: sentirse intocable.
Se presentó a la primera audiencia en el juzgado con 1 abrigo caro, collar de perlas y esa sonrisa altiva de señora de sociedad. Mauricio llegó con su mejor cara de víctima, declarando ante el juez que Valeria estaba “psicológicamente inestable”, que él solo quería proteger a su hijo, y que el tío Héctor era 1 viejo controlador que la manipulaba.