Parte 2
Al día siguiente, Valeria entendió que la mansión no protegía a Mateo; lo mantenía preso. No podía salir al jardín sin 3 escoltas, no podía ver autos rojos, no podía oler ciertos perfumes, no podía entrar al cuarto de su madre y no podía acercarse al viejo garaje. Doña Elvira entregaba esas reglas como si fueran leyes sagradas. —El niño se altera con tonterías —decía—. Hay que mantenerlo controlado. Valeria no discutió. Empezó a observar. Mateo se escondía cuando Doña Elvira usaba un perfume dulce, como flores podridas bajo azúcar. Se tapaba los oídos cuando escuchaba botas pesadas en el corredor este. Arañaba su garganta si veía un pañuelo rojo. Y cada vez que alguien mencionaba el garaje, murmuraba lo mismo: —No carro. Una noche, Mateo despertó gritando. Valeria corrió descalza y lo encontró arrinconado, golpeándose la cabeza contra la pared. Doña Elvira entró con un vasito de medicina. —Sujétenlo —ordenó a los escoltas. Valeria se interpuso. —¿Qué es eso? —Sus gotas para dormir. —¿Quién las recetó? —El doctor de la casa. No hagas preguntas que no te corresponden. Alejandro apareció detrás de ellas. —A mí sí me corresponden. Traiga el frasco. Doña Elvira tardó demasiado en obedecer. Alejandro mandó una foto de la etiqueta a un médico externo. La respuesta llegó en minutos: el medicamento estaba vencido y la dosis no era para calmar a un niño, sino para sedarlo. Mateo vio a su padre tirar las gotas por el lavabo. Entonces abrió la boca y dijo su primera palabra clara en 2 años: —No. Alejandro tuvo que apoyarse en la puerta para no caer. Desde esa noche, Doña Elvira ya no caminó por la casa con la misma seguridad. Valeria empezó a anotar todo: horarios, olores, personas, reacciones. Un día le pidió a Mateo que dibujara. Ella hizo una casa, un árbol y un perro chueco. Él tomó un crayón rojo con la mano temblorosa y dibujó un auto. Dentro, una mujer acostada. Debajo de ella, un niño pequeño. Luego tomó el negro y dibujó 3 figuras junto a la puerta del auto. Una llevaba trenza. Otra botas. La tercera tenía un anillo grande. Valeria sintió que se le iba la sangre. —Mateo, ¿quién abrió la puerta? El niño señaló a la figura de la trenza. Su voz raspó como una puerta oxidada. —El… vi… Valeria no gritó. No se movió. Pero entendió. Doña Elvira no solo administraba la casa. Doña Elvira estaba en el recuerdo más oscuro de Mateo. Esa tarde, Alejandro recibió el dibujo en su despacho. Al principio no quiso creerlo. —Esa mujer cuidó a mi esposa desde niña. —Y por eso nadie la miró —respondió Valeria—. Pero Mateo sí. Alejandro apretó el papel hasta arrugarlo. —Si es verdad, la mato. —No —dijo Valeria, plantándose frente a él—. Si hace eso, Mateo aprenderá que la verdad solo trae más miedo. Necesita pruebas. Necesita justicia. No otro silencio. Alejandro la miró largo rato. Por primera vez, obedeció a alguien sin poder. Esa noche le entregó la llave del cuarto de Camila. Mateo, que escuchaba desde el pasillo, se aferró a la falda de Valeria. —Mamá —dijo. Alejandro negó con la cabeza, pero Valeria sostuvo la mirada. —El dolor ya está ahí. Solo falta abrir la puerta. Los 3 entraron. El cuarto olía a polvo, lavanda y despedida. Mateo caminó directo al tocador, señaló una cajita de música y luego metió la mano detrás del espejo. Un compartimento secreto se abrió. Dentro había una memoria USB envuelta en seda y una nota escrita por Camila: “Si algo me pasa, no confíen en la familia. Elvira sabe. Octavio también”. Octavio era el medio hermano de Alejandro.