Él metió la mano en el bolsillo del saco y sacó una carta doblada.
—La última parte de su carta decía algo que Esteban prefirió no leer frente a todos. Decía: “Si alguna vez despiertas de verdad, no busques a quien lleve tu sangre. Busca a quien sea capaz de quedarse cuando no tengas nada que ofrecer. Ahí estará tu familia”.
Mariana sintió un temblor en la garganta.
Alejandro tomó su mano.
—Yo creía que lo había perdido todo el día del accidente. Mi nombre, mi familia, mi vida. Pero en realidad ese fue el día en que empezó el camino hacia ti.
Ella sonrió entre lágrimas.
—Suena muy bonito para un ex multimillonario amargado.
—Sigo siendo multimillonario.
—Y un poco amargado.
—Solo cuando no me besas.
Mariana soltó una carcajada, roja de vergüenza, y le dio un pequeño golpe en el hombro. Él la atrajo hacia sí.
—Qué ironía —murmuró ella—. Todo empezó con el peor error de mi vida.
Alejandro negó despacio.
—No. Todo empezó con el acto más humano de todos. Una mujer vio a un hombre al que el mundo ya había enterrado… y decidió tratarlo como si aún pudiera regresar.
Mariana apoyó la frente en su hombro.
A veces todavía le costaba creerlo. Que el miedo hubiera terminado allí. Que las noches del hospital quedaran atrás. Que la culpa se hubiera transformado en algo tan limpio.
El sol empezaba a caer cuando Alejandro se apartó apenas para mirarla a los ojos.
—Hay algo más.
—¿Qué cosa?
Él sonrió de una forma extraña, casi infantil.
—Compré el terreno de junto.
—¿Para qué?
—Para construir un centro de rehabilitación.
Mariana abrió mucho los ojos.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Y quiero ponerle tu nombre.
Ella se quedó muda.
—No —dijo al fin—. No voy a dejar que le pongas mi nombre a un edificio.
—Entonces cásate conmigo y le ponemos “Centro Mariana Ferrer”.
Ahora sí se quedó petrificada.
—¿Qué?
Alejandro sacó una pequeña caja del bolsillo interior. No era ostentosa. Solo elegante. Al abrirla, un anillo sencillo brilló con la luz naranja del atardecer.
—No te lo pregunto porque me salvaste. Ni porque me cuidaste. Ni porque me devolviste la vida. Te lo pregunto porque contigo no necesito fingir que soy invencible. Porque contigo incluso mis ruinas encontraron paz. Y porque, después de haber pasado dos años atrapado en la oscuridad, no pienso desperdiciar ni un día más lejos de la única mujer que logró traerme de vuelta.
Mariana empezó a llorar antes de que él terminara.
—Alejandro… yo…
—Puedes decir que no. Pero no muy tarde, porque me está costando bastante mantenerme arrodillado.
Ella se rió entre sollozos y se lanzó a abrazarlo antes de que terminara de inclinarse.
—Sí —susurró—. Sí, sí, claro que sí.
Alejandro cerró los ojos, vencido por una felicidad tan honda que casi dolía.
La besó con ternura, lentamente, como si quisiera borrar para siempre el recuerdo de aquel primer beso robado y convertirlo, al fin, en algo elegido por ambos.
Detrás de ellos, el cielo mexicano se encendía en tonos dorados y rosados. El pasado seguía existiendo, con sus cicatrices, su traición y su sombra. Pero ya no gobernaba sus vidas.
Porque a veces el amor no llega cuando todo está bien.
A veces llega cuando una habitación huele a desinfectante, cuando una máquina marca el ritmo de una existencia suspendida, cuando el mundo entero ha dejado de esperar un milagro.
Y, sin embargo, una mujer cansada, sola, llena de ternura y miedo, se inclina sobre un hombre al que todos consideran perdido… y le da un beso.
Un beso absurdo.
Un beso prohibido.
Un beso destinado a no significar nada.
Y termina siendo el comienzo de todo.