—Mi madre lo mandó desde París.
—¿Tu madre? —preguntó Rebeca, ya pálida.
—Margarita Villaseñor. Tal vez les suene.
La explosión fue inmediata.
Margarita Villaseñor.
La diseñadora.
La leyenda.
La amiga de actrices de Hollywood y princesas europeas. La mujer con la que los Alcocer llevaban meses intentando cerrar una colaboración textil a través de Sebastián.
Ximena sintió que el piso se abría bajo sus pies.
En cuestión de minutos, la historia se había dado la vuelta. Los mismos ojos que horas antes habrían reído viendo entrar a una empleada “fuera de lugar” ahora miraban a Ximena con una mezcla de escándalo y repulsión.
—¿Invitaste a tu empleada para burlarte de ella? —preguntó una de sus conocidas, sin molestarse ya en bajar la voz.
—Yo no sabía quién era —intentó defenderse Ximena.
—Eso lo hace peor —respondió otra mujer—. Fuiste cruel porque pensaste que no era nadie.
Las palabras empezaron a correr como fuego en pasto seco.
Cruel. Patética. Arrogante. Merecido.
Ximena, que vivía de la aprobación social como otros viven del aire, empezó a comprender por primera vez lo que significaba quedarse sola en un salón lleno de gente.
Una hora después, su esposo la apartó junto a una columna de mármol.
Sebastián Alcocer era un hombre refinado, inteligente y absolutamente incapaz de tolerar el ridículo público.
—¿Qué hiciste? —preguntó en voz baja, pero con una frialdad que cortaba.
—Yo no sabía…
—Invitaste a una mujer de tu propia casa para humillarla y resulta que es la hija de Margarita Villaseñor. ¿Tienes idea de lo que puede costarnos esto? ¿En negocios? ¿En reputación?
Ximena lo miró, por primera vez, no como un esposo seguro, sino como un juez.
—Arregla esto —dijo Sebastián—. Discúlpate. O te juro que esta humillación la vas a enfrentar sola.
La dejó allí.
Ximena tardó casi media hora en reunir valor para acercarse a Gabriela, que ahora conversaba con editores de moda, dos inversionistas españoles y una actriz mexicana que la recordaba de niña en backstage.
—Gabriela —dijo al fin, con la garganta seca—. ¿Podemos hablar?
Gabriela la siguió a un rincón más silencioso del salón.
Ximena tardó unos segundos en encontrar palabras. Las correctas no existían. Solo quedaban las verdaderas.
—Lo siento. Fui cruel. Te invité para humillarte. Me burlé de ti durante meses. Te traté como si fueras menos que yo. Y lo siento.
Gabriela la observó con calma. No con superioridad. Eso fue lo que más desarmó a Ximena.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Gabriela.
Ximena bajó la vista.