La venganza silenciosa
Pasaron los años. La cabaña se convirtió en una casa de piedra, rodeada de un jardín tan fragante que se podía recorrer con los ojos cerrados. El «mendigo» atendía a los pobres por las noches, sin cobrar.
Una tarde de otoño, un carruaje se detuvo ante su puerta. Un anciano bajó de él, encorvado, arruinado y amargado.
Era el padre de Zainab.
Sus otras dos hijas lo habían despojado de todo. Venía a mendigar un lugar junto a la hija que había despreciado.
Zainab lo escuchó sin levantarse.
—El mendigo ya no existe, padre. Y la ciega ha muerto. Construimos un mundo con las migajas que nos diste. Dormirás en el cobertizo. Tendrás comida. Pero jamás entrarás en esta casa.
Tomó la mano de Yusha y entró.
Lo que el pueblo nunca olvida
Hoy, los viajeros todavía se detienen ante esa casa de piedra para cortar una rama de lavanda. Cuentan la historia de la ciega y el mendigo.
Se dice que en ciertas noches, cuando el viento sopla en la dirección adecuada, se oye a un hombre describir las estrellas a una mujer que siempre las vio más claramente que nadie.
El fuego devoró su pasado. La oscuridad moldeó su presente. Pero juntos construyeron un futuro que ninguna llama pudo tocar.