La madre que obligó a sus 5 hijos a reproducirse, hasta que la encadenaron en el establo de “reproducción”.

Un renacer lento

Los días se convirtieron en semanas. Cada mañana, Yusha acompañaba a Zainab al río. Describía el sol, los pájaros, los árboles con tanta poesía que ella empezó a ver a través de sus palabras.

Rió por primera vez en años.

Se dio cuenta de que esperaba su regreso cada noche. Buscaba con los dedos la tela áspera de su túnica, el latido de su corazón.

Se enamoró de un mendigo.

La verdad estalla

Un día, en el mercado, su hermana Aminah la increpó con violencia.

—¿Crees que es mendigo porque es pobre? Ingenua. No es lo que aparenta. Usa tu ceguera como un manto para esconderse.

Zainab regresó a casa tambaleándose. Esa noche, enfrentó a Yusha.

—¿Quién eres realmente?

Él se arrodilló ante ella, tomó sus manos temblorosas y confesó:

—Fui médico.

El secreto del mendigo

Años atrás, un gran incendio había arrasado parte de la ciudad. Yusha, un médico joven y arrogante, cometió un error en la preparación de un medicamento. No mató a una desconocida: mató a la hija del gobernador.

Su casa fue quemada. Lo declararon muerto. Se hizo mendigo para desaparecer.

—Tu padre vino a buscarme a la mezquita —continuó Yusha—. Hablaba de una hija «inútil», de una «maldición». No me casé contigo por dinero. Me casé porque éramos iguales: dos fantasmas.

Zainab lloró. Pero sus lágrimas no eran de odio.

—Deberías habérmelo dicho —susurró.

—Tenía miedo de que me pidieras que te curara. No puedo devolverte la vista, Zainab. Solo puedo darte mi vida.

Ella lo atrajo hacia sí.