—¿Cómo se llama su hija?
—Abril.
—Lindo nombre.
Sonrió por primera vez.
—Nació en abril.
Esa noche dormí poco. Seguía viendo su cara, su forma de disculparse por existir. Al otro día hablé con la jefa de enfermería. Después con la trabajadora social. Armamos un plan: un colchón en la sala de madres acompañantes, almuerzos en el comedor del personal, y que le hicieran los controles del embarazo ahí mismo, en obstetricia.
Cuando le conté, volvió a llorar. Pero esta vez sonreía.
—No sé cómo pagarle, doctora.
—No me tiene que pagar nada. Solo cuídese. Y cuide a Abril.
—Y a este —dijo, tocándose la panza.
—Y a ese también.
Abril salió del hospital doce días después. La vi irse de la mano de su mamá, flaquita pero caminando. La mujer se dio vuelta antes de cruzar la puerta y me saludó con la mano. Llevaba la misma ropa, la misma bolsa. Pero ya no era la misma.
Había algo distinto en sus ojos.
Ya no pedía permiso para estar viva.
Dos meses más tarde me llegó una foto por WhatsApp. Era de la trabajadora social. En la imagen, la mujer sostenía a un bebé envuelto en una manta celeste. A su lado, Abril sonreía mostrando un diente que le faltaba.
El mensaje decía: *"Se llama Dante. Nació ayer. Dice que gracias."*
Guardé la foto. A veces, en las guardias largas, cuando todo se pone difícil, la miro.
Y recuerdo por qué elegí esto.
Por las que duermen en el piso.
Por las que esperan sin hacer ruido.
Por las que merecen que alguien les diga: pase, esto también es suyo.