Desde que mi cuñado enfermó, la casa dejó de sonar igual.
No fue una ruptura brusca.
No pasó nada lo bastante escandaloso como para que la gente de afuera pudiera señalar un día exacto y decir: ahí empezó todo.
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Fue más silencioso.
Más lento.
Más peligroso.
Como ver una pared agrietarse por dentro mientras por fuera todavía conserva la pintura.
Al principio pensé que era el peso natural de la enfermedad.
El cansancio.