La confrontación era inevitable. Ocurrió una mañana gris, cuando Mateo amaneció pálido y con náuseas tras una visita del médico la noche anterior. Valdés llegó a media mañana, acompañado de una enfermera y con una actitud de urgencia teatral.
—El cuadro se ha complicado, Esteban —dijo Valdés, abriendo su maletín de cuero—. Necesitamos administrar un tratamiento de choque ahora mismo. Es una nueva droga experimental importada. Costosa, pero es su única esperanza.
Esteban, con ojeras marcadas por la preocupación, sacó su chequera. —Lo que sea necesario, doctor. Sálvelo.
La enfermera preparó una jeringa con un líquido ámbar. Se acercaron a Mateo, que miraba la aguja con terror en los ojos.
—No —susurró el niño.
—Es por tu bien, campeón —dijo Valdés con frialdad.
Justo cuando la aguja iba a tocar la piel del brazo de Mateo, una mano firme sujetó la muñeca de la enfermera. Fue un movimiento rápido, decidido. Rosa se interpuso entre la jeringa y el niño.
—¡Nadie va a tocar a este niño! —gritó Rosa. Su voz, usualmente dulce, sonó como un trueno.
—¡Pero qué hace! —bramó el Doctor Valdés, rojo de ira—. ¡Esteban, quite a esta loca de aquí! ¡Está poniendo en riesgo la vida de su hijo!
Esteban, confundido, dio un paso adelante. —Rosa, por favor, apártate. El doctor sabe lo que hace.
—¡No, señor! —Rosa se giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero sin soltar su posición defensiva—. ¡Mírelo! ¡Mire a su hijo! ¿Cuándo ha estado mejor? ¿Cuando toma esas porquerías o cuando come comida de verdad? ¿Cuando duerme todo el día o cuando juega con sus hermanos?
—Usted es una ignorante —escupió el médico—. Soy un especialista renombrado. Si no me deja aplicar el medicamento ahora, el niño podría sufrir un paro respiratorio. ¡La haré responsable legalmente de su muerte!
La amenaza flotó en el aire, pesada y tóxica. Esteban dudó. El miedo a la muerte de Mateo lo paralizaba. Pero entonces, Rosa hizo algo que nadie esperaba. Sacó su cuaderno viejo y lo lanzó sobre la mesa de centro.
—Léalo, señor Esteban. Ahí están las fechas. Mi hermano Miguel murió porque un médico como este nos convenció de que la enfermedad lo mataba, cuando era el tratamiento lo que lo envenenaba. ¡No voy a dejar que maten a Mateo también! ¡No mientras yo respire!
El Doctor Valdés intentó agarrar el cuaderno, pero Esteban fue más rápido. Lo tomó y empezó a hojearlo. Las coincidencias eran abrumadoras. Dosis altas, recaídas inmediatas. Dosis saltadas, mejorías visibles.
—Esto son tonterías de una sirvienta —dijo Valdés, pero su voz tembló por primera vez. Una gota de sudor bajó por su sien.
Esteban levantó la vista del cuaderno. Miró a Mateo, que se aferraba a la falda de Rosa como si fuera su única tabla de salvación. Luego miró al médico. Vio el nerviosismo, la mirada esquiva, la prisa por clavar esa aguja y silenciar al niño. Y de repente, el velo del dolor cayó. Esteban vio la realidad.
—Lárguese —dijo Esteban. Fue un susurro, pero resonó más fuerte que un grito.
—Esteban, sea razonable…
—¡He dicho que se largue de mi casa! —rugió Esteban, avanzando hacia el médico con una furia que llevaba meses contenida—. ¡Si vuelve a acercarse a mi hijo, si vuelvo a ver su nombre cerca de mi familia, le juro por la memoria de mi esposa que usaré cada centavo de mi fortuna para destruirlo!
El médico, pálido como un papel, guardó la jeringa temblando. Hizo una seña a la enfermera y salieron casi corriendo, perseguidos por la mirada de fuego de un padre que acababa de despertar.