En menos de una hora volvió a sonar mi teléfono.
Esta vez su voz sonaba furiosa.
—¿Qué es esto, Brooke? —exigió.
—Es el resultado de tus decisiones —respondí con calma.
—No tienes idea de lo que estás haciendo.
—Sé exactamente lo que estoy haciendo —dije en voz baja—. Sé lo del apartamento en Oak Brook. Sé lo de Stephanie. Y sé lo del bebé.
El silencio que siguió duró varios segundos.
Por fin volvió a hablar, esta vez en un tono más bajo.
—Pensaba explicártelo todo.
—No necesitaba explicaciones —respondí—. Necesitaba honestidad y respeto.
Entonces colgué.
Unos días después decidí reunirme con Stephanie Dalton.
Quedamos de vernos en un pequeño café de Hyde Park en una tarde tranquila.
Cuando llegó, noté enseguida que parecía más joven de lo que esperaba. Iba bien vestida, estaba nerviosa y claramente embarazada.
—Me dijo que ustedes dos llevaban años separados —dijo en voz baja después de sentarnos.
—Eso no es verdad —respondí.
Su expresión cambió al instante.
Primero apareció la confusión, luego la vergüenza y finalmente una tristeza profunda.
En ese momento comprendí algo importante.
A ella también le habían mentido.
—No vine aquí a discutir —le dije con suavidad—. Solo quería que supieras la verdad.
Asintió lentamente.
Ninguna de las dos alzó la voz porque ninguna de las dos era realmente la enemiga.
Cuando salí del café aquella tarde, sentí algo inesperado. Alivio.
El proceso legal del divorcio en Illinois fue largo y a veces agotador. Hubo intentos por parte de Matthew de presionarme para que aceptara acuerdos que lo favorecieran, y hubo sugerencias de que debíamos resolver todo en privado para evitar la vergüenza pública.
Sin embargo, yo tenía pruebas sólidas, incluidos correos electrónicos, registros financieros y fechas que mostraban claramente sus intenciones.
Varios meses después, el divorcio quedó finalizado. Matthew recibió solo la parte que la ley consideró justa dadas las circunstancias.