PARTE 2
Javier se levantó de golpe.
“No empieces con amenazas, Claudia”, dijo, señalándome con el dedo. “Esta también es mi casa.”
“Curioso”, respondí. “Porque cuando te acostabas con otra mujer, nadie aquí pensó que tu fidelidad también era mía.”
Marisol, mi cuñada, apretó los labios.
“Están casados. Todo lo que es de uno es de los dos”, soltó, con esa seguridad de quien nunca ha pagado una mensualidad en su vida.
La miré sin parpadear.
“Qué conveniente que recuerden el matrimonio justo cuando quieren una propiedad.”
Don Roberto golpeó el piso con su bastón.
“No vamos a permitir que humilles a nuestro hijo en su propio hogar.”
Solté una risa seca.
“¿Humillarlo? Él trajo a su amante embarazada a mi sala para echarme de una casa que mi madre compró para mí. ¿Cómo le llaman ustedes a eso?”
Mónica bajó la mirada y murmuró:
“Yo nunca quise hacerte daño.”
“Entonces no debiste sentarte en mi sillón esperando que me sacaran a la calle.”
Doña Beatriz cambió el tono de inmediato. Ya no sonaba fuerte, sino calculadora.
“Mira, Claudia, podemos arreglar algo. Tú podrías irte unos meses con tu mamá mientras vemos cómo compensarte.”
“¿Compensarme con qué?”, pregunté. “¿Con las mismas tarjetas que Javier usó para pagar hoteles en Querétaro, cenas en Polanco y regalos que nunca fueron para mí?”
Javier se puso pálido.
Entonces caminé hacia el librero y saqué una carpeta negra que llevaba meses preparando. La puse sobre la mesa de centro. El golpe hizo que todos se enderezaran.
Aprendí en el banco que los documentos no lloran, no suplican y no se contradicen.
Abrí la carpeta.
Estados de cuenta. Transferencias extrañas. Capturas de mensajes. Recibos de hotel. Fotografías de conversaciones donde Javier le prometía a Mónica que me sacaría de la casa antes de que naciera el bebé.
“Esto”, dije, señalando una hoja, “es dinero de nuestra cuenta común usado para mantener su aventura.”
Mónica dejó de tocarse el vientre.
Doña Beatriz volteó hacia su hijo.
“¿Le escribiste eso, Javier?”
Él no contestó.
Su silencio fue peor que una confesión.
Marisol intentó levantarse indignada, pero fui más rápida. Caminé a la puerta principal y la abrí de par en par. Afuera se escuchaban los vendedores de la calle y el ruido lejano del tráfico.
“Tienen cinco minutos para salir de mi propiedad.”
Nadie se movió.
Doña Beatriz intentó una última carta.
“Piensa en la criatura inocente.”
“No use a un bebé que todavía no nace para esconder la ambición de su familia.”
Mónica fue la primera en pararse. Ya no parecía frágil. Parecía furiosa porque el plan se le estaba cayendo encima.
Antes de irse, mi suegra se acercó a mí y susurró:
“Una mujer sola no dura mucho en este mundo.”
Le sonreí.
“Una mujer traicionada aguanta más de lo que usted imagina.”
Javier se quedó al final, con los ojos llenos de miedo.
“¿Vas a destruirme por esto?”
“No, Javier. Tú te destruiste. Yo solo voy a dejar de salvarte.”
En ese momento sonó mi celular.
Era mi mamá.
Contesté con la voz rota, pero antes de que pudiera hablar, ella dijo:
“No firmes nada todavía. Acabo de descubrir algo sobre esa muchacha.”
Y cuando me contó lo que sabía, entendí que la mentira era mucho más grande de lo que todos imaginaban.