Rodrigo me miró con odio callado antes de murmurar:
“Esto no se va a quedar así.”
Cuando la puerta se cerró, me deshice.
Laura no me pidió que me calmara. Me dio agua y me preguntó dónde estaban mis hijas.
El pánico me atravesó.
Antes de perder el conocimiento, las niñas estaban con Doña Chayo, la vecina. Pero Doña Elvira seguía en la casa. Y ella sabía perfectamente cómo controlarme.
Con mis hijas.
“No sé”, dije temblando. “No sé si siguen ahí.”
Laura hizo llamadas. La enfermera salió al pasillo. Yo me quedé agarrada de las sábanas, sintiendo que el corazón se me salía.
Media hora después confirmaron que Camila y Sofía estaban bien.
Asustadas, pero bien.
Sofía me mandó un dibujo.
Una casita.
Tres flores.
Una grande y dos pequeñas.
Me rompí por dentro.
Mi niña de seis años ya estaba tratando de consolarme.
Esa tarde conté todo.
Los golpes. Los insultos. Las noches en que mis hijas se tapaban los oídos para no escucharme llorar. Las veces que Doña Elvira decía que yo había nacido “defectuosa” porque sólo traía niñas al mundo.
Y entonces recordé algo que llevaba enterrado dos años.
Una noche me enfermé horrible. Sangrado, fiebre, dolor. No podía ni ponerme de pie.
Doña Elvira me obligó a tomar un té amargo. Rodrigo dijo que seguro era “un retraso mal cuidado”. Nunca me llevaron al hospital.
El doctor pidió más estudios.
Ya era de noche cuando regresó con una carpeta azul. Su rostro estaba serio.
“Mariana”, dijo con cuidado, “encontramos señales de un embarazo anterior que no llegó a término.”
Sentí que la habitación se movía.
“Yo no sabía que estaba embarazada.”
El doctor respiró hondo.
“Parece que hubo una interrupción provocada. No natural. Y no hecha por médicos.”
Laura dejó de escribir.
El estómago se me revolvió.
Recordé a Doña Elvira sosteniéndome la cabeza mientras me obligaba a beber. Recordé a Rodrigo parado en la puerta diciendo: “A ver si así aprendes.”
El doctor bajó la voz.
“Por las fechas y algunos indicios, existe la posibilidad de que ese embarazo fuera de un varón.”
No pude respirar.
Durante años, Rodrigo me castigó por no darle un hijo.
Y todo ese tiempo…
Tal vez ellos me habían quitado uno.
Antes de que pudiera entenderlo, Laura volvió corriendo, pálida.
“Mariana, tenemos que actuar ya.”
El corazón se me cayó.
“¿Qué pasó?”
Ella tragó saliva.
“Doña Elvira se llevó a Sofía de la casa de la vecina.”
Y nadie sabía hacia dónde iban.
PARTE 3
El dolor desapareció de golpe.
Intenté arrancarme la vía del brazo para levantarme, correr, buscar a mi hija.
“¡Mi niña!”, grité. “¡Se la va a llevar!”
Laura me sostuvo con firmeza.
“La policía ya está avisada. Doña Chayo vio que la subió a un taxi rumbo a la central de autobuses.”
Mi mundo se partió.
Camila estaba a salvo.
Pero Sofía, mi niña seria, mi niña valiente, estaba con la misma mujer que rezaba más fuerte cada vez que Rodrigo me golpeaba.
La encontraron en la central.
Doña Elvira intentaba subir a un autobús hacia León, sujetando a Sofía del brazo. Cuando los policías la detuvieron, empezó a gritar que tenía derechos, que yo estaba loca, que una mujer desobediente no merecía criar niñas.
Sofía no gritó.
Eso fue lo que más me destruyó.
Sólo abrazó su mochila y preguntó por mí.
La llevaron al hospital esa misma noche.
Cuando entró a mi habitación, corrí hacia ella como pude y la abracé con todo lo que me quedaba de vida.
“Mamá”, susurró tocándome la cara con cuidado, “yo no quiero regresar a esa casa.”
Ahí lo entendí.