PARTE 2
Regresé por el callejón trasero, con la lluvia golpeando el techo de lámina como dedos desesperados.
El garaje estaba separado de la cocina, al fondo del patio. La puerta lateral tenía un candado nuevo, brillante, como si alguien hubiera querido esconder demasiado rápido lo que no debía existir.
Dentro se oyó un golpe seco contra el concreto.
Luego una voz rota.
—Por favor…
Se me doblaron las piernas.
Era Mariana.
Mi Mariana.
Quise gritar su nombre, romper la puerta, aventarme contra la madera hasta partirla con los hombros. Pero una cosa aprendí en tantos años de ver violencia familiar: el pánico hace ruido, y el ruido puede matar a quien quieres salvar.
Así que respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
Tomé fotos del candado, de las ventanas cubiertas con cartón, de la camioneta de Diego, del coche de Paola. También fotografié los botes de basura llenos de comida rápida, cajas de medicamento y un sobre roto dirigido a Mariana, del Registro Público de la Propiedad.
Lo saqué apenas con dos dedos.
Confirmación de trámite patrimonial.
La casa de Valle de Bravo.
Mi esposo, antes de morir, le había dejado a Mariana una propiedad junto al lago. No era una mansión, pero valía lo suficiente para que Diego la mirara con ojos de hambre desde el primer día.
Mariana se había negado a venderla.
En la última cena familiar, Diego la llamó egoísta frente a todos. Golpeó la mesa y dijo que “una esposa de verdad piensa en su matrimonio, no en su mamá muerta de ganas de controlarla”.
Ahora decía que ella estaba de viaje.
Ahora Paola usaba su ropa.
Marqué a Héctor Ramírez, comandante con quien había trabajado muchos años.
Contestó medio dormido.
—Laura, más vale que sea grave.
—Es grave. Posible privación ilegal de la libertad. Posible coacción patrimonial. La víctima es mi hija.
Su voz cambió al instante.
—Dirección.
Se la di.
—Sin sirenas hasta estar cerca —añadí—. Él está nervioso.
—¿Estás adentro?
—No.
—No entres.
—No soy tonta, Héctor.
—Nunca dije eso. Dije que eres madre.
Colgué.
Abrí la cajuela de mi coche. Diego siempre se burló de mi sedán viejo. Le decía “ataúd con llantas”. Nunca imaginó que ahí guardaba guantes, bolsas para evidencia, una lámpara, una herramienta para cortar cadenas y una pequeña cámara que usaba cuando asesoraba casos de violencia.
Me puse la cámara bajo la bufanda.
Volví a la puerta principal y toqué.
Diego abrió con una expresión distinta.
Ya no fingía amabilidad.
—Usted no entiende, ¿verdad?
—Entiendo más de lo que te conviene —respondí.
Paola apareció detrás, con una copa de vino en la mano.
—Qué señora tan patética —murmuró.
Diego salió al porche y bajó la voz.
—Mariana firmó todo. ¿Le queda claro? La casa, el poder notarial, la autorización médica. Ya no la necesita. Ya no necesita a nadie de su familia.
Sentí que la sangre se me volvía hielo.
Autorización médica.
—¿Qué le hicieron? —pregunté.
Él sonrió.
Creyó que mi miedo era debilidad.
Del garaje llegó otro golpe, más fuerte.
Paola palideció.
Diego me agarró del brazo.
—Lárguese.
Miré sus dedos apretando mi abrigo.
—Suéltame.
—¿O qué?
Las luces rojas y azules iluminaron su cara antes de que pudiera responder.
La voz de Héctor cortó la lluvia desde la calle.
—O nos explica por qué tiene cerrado ese garaje.
Diego soltó mi brazo.
Y por primera vez, vi cómo se le quebraba la soberbia.
Pero lo peor todavía no salía a la luz.
Y cuando esa puerta se abriera, nadie iba a volver a ver a Diego de la misma manera.