PARTE 2
A las cinco de la mañana ya estaba despierta. Bajé sin hacer ruido y encontré, sobre mi mesa de comedor, la verdadera intención de mi hijo: presupuestos por más de dos millones de pesos para remodelar toda la casa, recibos de adelantos que no podían pagar y, debajo de una carpeta roja, un poder notarial casi listo para que yo lo firmara. No era una autorización para cambiar azulejos. Era un documento que le daba a Mateo facultades para administrar, hipotecar y vender mis propiedades. Tomé fotos de cada hoja, las dejé exactamente donde estaban y salí a la terraza. El licenciado Salvatierra llegó a las cinco cuarenta, con su portafolio de piel y esa cara de hombre que ha visto a demasiadas familias destruirse por herencias que todavía no existen. Le conté todo. Él revisó los papeles y su expresión se endureció. “Doña Olga, esto ya no es una falta de respeto. Es invasión de propiedad, daños materiales y posible intento de fraude”. A las siete ya tenía redactadas las notificaciones: suspensión inmediata de obra, desalojo preventivo y demanda por daños. Yo pedí que las entregaran al día siguiente a las seis de la mañana. “¿Está segura?”, preguntó. “Es su hijo”. Lo miré sin parpadear. “Mi hijo dejó de verme como madre cuando empezó a verme como trámite”. Esa mañana, Mateo intentó su jugada. Me mostró el poder notarial con una sonrisa nerviosa. “Es solo para agilizar la obra, mamá”. Tomé el documento y leí en voz alta las palabras vender, hipotecar, administrar. Karla dejó su café en la mesa. Mateo se puso blanco. “No es lo que parece”, dijo. “Parece exactamente lo que es”, respondí. Les ordené detener la obra. Karla explotó primero. Dijo que yo era una vieja amargada, que Dolores se iba a morir en la ciudad por mi culpa, que una casa vacía no servía de nada si no se compartía. “Entonces compren una”, dije. Mateo se acercó más, con los ojos llenos de rabia. “Algún día todo esto será mío”. Ahí entendí que no quería heredar una casa; quería adelantar mi muerte. Al día siguiente, a las seis en punto, tocaron la puerta. Dos notificadores, dos testigos y mi abogado entraron con carpetas selladas. Mateo bajó en pijama, confundido. Karla venía detrás, despeinada y furiosa. “Señor Mateo Herrera”, dijo el notificador, “queda oficialmente requerido para desalojar esta propiedad en cuarenta y ocho horas y responder por daños ocasionados sin autorización de la propietaria”. Mateo abrió el sobre con manos temblorosas. “Mamá, ¿qué hiciste?”. Yo estaba de pie frente a la escalera, con mi café en la mano. “Lo que debí hacer desde hace años: proteger lo mío”. Karla lloró, gritó, llamó a su madre y luego empezó a publicar en Facebook que yo había dejado en la calle a una familia enferma. Publicó una foto antigua de Dolores con oxígeno y escribió que mi crueldad la había mandado al hospital. Por un momento el pueblo entero me señaló. Me llamaron vieja egoísta, mala madre, mujer sin corazón. Yo no respondí. No expliqué nada. Dejé que hablaran. Mientras tanto, un perito revisó mi casa y calculó los daños: más de seiscientos mil pesos. Habían cortado cables, roto impermeabilización, quitado muebles fijos y dejado conexiones de gas peligrosas. Cuando Mateo recibió la demanda, volvió a llamarme. “Me vas a arruinar”, dijo. Yo contesté una sola vez: “No, hijo. Tú confundiste amor con permiso. Y eso tiene costo”.
MI HIJO DESTROZÓ MI CASA DE PLAYA Y DIJO QUE ERA “PROPIEDAD FAMILIAR”… A LAS 6 DE LA MAÑANA TOCARON SU PUERTA