Renata parpadeó, confundida.
—¿Qué atribución?
Lorena la miró, luego me miró a mí, luego volvió a Santiago.
—¿De qué patrimonio habla?
Mariana deslizó una copia hacia ellas.
—Del fideicomiso de treinta y seis millones de pesos cuya beneficiaria era su hija, sujeto a condiciones expresas de conducta.
Renata se quedó pálida.
—¿Era?
Santiago asintió.
—Era.
Levantó la mirada hacia mí por primera vez de verdad, como si acabara de verme sin filtros.
—¿Tú sabías esto?
—Yo lo constituí —respondí.
La frase cayó con un peso seco en la habitación. Lorena dio un paso atrás y se dejó caer en una silla sin darse cuenta. Renata abrió la boca, la cerró, volvió a mirar los papeles, buscando un error, una salida, algo que desarmara todo aquello. No había nada.
—No puedes hacerme esto por un video —dijo al fin.
—No ha sido por un video —respondió Mariana—. El video activó la revisión. La resolución se sustenta en un patrón documentado de humillación pública y desprecio por condición económica y laboral, tal como establece la cláusula.
—Era humor.
—Era público, deliberado y te generó beneficio —dije—. Y siguió siéndolo cuando viste las reacciones.
Renata me miró con una mezcla de rabia y miedo.
—¿Y ahora qué? ¿Te quedas con mi dinero?
—Nunca fue tu dinero.
Santiago señaló la última página.
—El capital ha sido transferido en su totalidad a la Fundación Teresa Salgado. La orden ya está ejecutada.
Renata leyó el destino de los fondos y soltó una risa rota, incrédula.
—¿Becas? ¿Para hijos de empleados?
—Sí —respondí—. Para gente que trabaja de pie. La misma gente que tú conviertes en burla.