Casi sonreí.
—Eso ya no depende de mí.
Saqué mi celular y reproduje una grabación.
La voz de Rodrigo llenó la sala con una seguridad repugnante:
—Ándale, hermano, en cuanto caiga el dinero del departamento, pásame primero una parte para el embargo de Hacienda y lo del casino. No le digas todo a Mariana. Solo dile que es una emergencia familiar y ya. Va a ceder.
Nadie respiró.
Teresa se puso pálida.
Alejandro se quedó inmóvil.
Encontré ese audio por accidente cuando su teléfono no dejaba de sonar durante la cena. En mi vida le había revisado nada. Me odié por hacerlo. Pero cuando escuché mi nombre, lo escuché todo. Después de eso, me reenvié el audio, tomé capturas de los mensajes con Rodrigo y durante cuatro días me reuní en secreto con una abogada.
Claudia fue directa: la herencia de mi madre, mientras no se mezclara con bienes conyugales, era exclusivamente mía. También me dijo que reuniera pruebas de cualquier intento de acceder a ese dinero sin mi consentimiento.
En ese momento me pareció exagerado.
Ahora me parecía poco.
—¿Qué más hiciste? —preguntó Alejandro, con la voz rota.
Sostuve su mirada.
—Te quité como contacto de emergencia de mis cuentas, cambié códigos de acceso, contraté a una abogada de divorcio… y además revisé la actividad bancaria de los últimos meses.
Teresa dio un paso hacia atrás.
—¿Divorcio? ¿Por esto?
Negué despacio.
—No. Por fraude, manipulación… y por descubrir que mi esposo hablaba de mi duelo como si fuera una oportunidad.
Vi cómo se le iba el color a Alejandro.
Porque él sabía algo que su madre todavía no.
Y estaba a segundos de quedar expuesto frente a las dos.
PARTE 3
Abrí otro sobre y saqué una hoja impresa.
—La auditora forense encontró transferencias desde nuestra cuenta mancomunada a Rodrigo durante los últimos dieciocho meses —dije—. Cantidades pequeñas para no llamar la atención. Pero suficientes para sumar una traición tras otra.
Teresa volteó hacia su hijo.
—¿Alejandro?
Él no respondió.
Y esa fue toda la confirmación que necesitaba.