PARTE 2
Pasé esa noche en casa de mi amiga Mariana, con el hombro vendado, el celular lleno de llamadas perdidas de Diego y una rabia que no me dejaba dormir.
A las dos de la mañana me llegó un mensaje suyo:
“Vale, mi mamá se alteró, pero tú también la provocaste. Mañana hablamos y arreglamos esto sin abogados.”
Sin abogados.
Esa frase fue la que me abrió los ojos.
Porque Diego no estaba preocupado por mi quemadura. Estaba preocupado por lo que yo podía hacer.
Mariana, que trabajaba en un despacho jurídico, me obligó a ir a urgencias para dejar constancia médica. Después llamó a su prima, la licenciada Patricia Roldán, una abogada de esas que hablan bajito pero hacen temblar a cualquiera.
A las seis de la mañana, Patricia ya estaba revisando mis escrituras, mi contrato prenupcial y los pagos de hipoteca.
—Valeria —me dijo, levantando la vista—, la casa está solamente a tu nombre. Él no tiene derecho de sacar ni un vaso sin tu autorización.
Yo asentí. Eso ya lo sabía.
Lo que no sabía era lo siguiente.
Patricia encontró movimientos raros en la cuenta conjunta. Retiros pequeños, pagos a una inmobiliaria en San Miguel de Allende y una solicitud de crédito usando mis estados financieros como respaldo.
Sentí frío.
—¿Para qué quería Diego un crédito? —pregunté.
Patricia siguió leyendo en silencio. Luego me mostró una hoja.
Era una propuesta para comprar un departamento de lujo. El beneficiario de uso: Graciela Aranda.
Mi suegra no solo me había tratado como invasora en mi propia casa. Su hijo estaba intentando comprarle un departamento usando mi historial, mis ingresos y el valor de mi casa como garantía.
—Esto puede ser fraude —dijo Patricia—. Y lo de ayer, Valeria, no fue un accidente. Fue agresión.
A las siete y media de la mañana estábamos frente a mi casa. Patricia, dos policías municipales, un cerrajero y yo.
La privada estaba tranquila. Los vecinos sacaban a pasear perros, los jardineros barrían hojas, y yo sentía que todo mi matrimonio se iba a romper frente a una puerta color nogal que yo misma había elegido.
Cuando Graciela abrió, venía con la misma bata rosa, como si la noche anterior no hubiera quemado a nadie.
—¿Qué es este circo? —preguntó, mirando a los policías.
Patricia dio un paso al frente.
—Señora Graciela Aranda, se le notifica que debe abandonar esta propiedad. La dueña no autoriza su permanencia aquí.
Graciela soltó una carcajada seca.
—¿Dueña? Pobrecita. Valeria, ya deja de hacer el ridículo. Esta casa es de mi hijo.
Entonces la miré a los ojos.
—No, Graciela. Esta casa es mía. Siempre lo fue.
Patricia entregó copias certificadas de las escrituras. El oficial las revisó. El cerrajero empezó a cambiar la chapa.
Graciela perdió el color.
—¡Diego! —gritó hacia adentro—. ¡Diego, ven a decirles la verdad!
Pero Diego no estaba adentro.
Llegó cinco minutos después, manejando como loco, con la camisa arrugada y la cara de un hombre que sabía que su mentira había terminado.
—Vale, por favor —dijo—. Entremos y hablemos como adultos.
—Tu mamá me quemó y me echó a la calle —respondí—. Y tú la protegiste.
Él bajó la voz.
—Sé que se pasó, pero correrla así… frente a todos… es demasiado.
Patricia lo interrumpió:
—No llame “demasiado” a una agresión y a una ocupación no autorizada.
Graciela se aferró al brazo de Diego.
—Diles que esta casa es tuya. Diles que tú pagas todo.
Diego miró al suelo.
Y entonces dijo la frase que terminó de destruirme:
—Yo le dije eso a mi mamá… para que me respetara más.
Ahí entendí que no había sido una confusión. Había sido una decisión.
Pero lo peor todavía no salía a la luz.