Los días se convirtieron en semanas, y la vida poco a poco empezó a recuperar cierta normalidad. Pero incluso mientras seguía con mi rutina diaria, persistía una sensación de vacío. La traición, el dolor, me carcomían. Pasé años creyendo en la estabilidad de mi matrimonio, y ahora me tocaba reconstruir, pieza a pieza, una vida que había quedado destrozada.
No podía dejar de pensar en Sofía. La imagen de ella a mi lado en el funeral, su semblante sereno, aún me atormentaba. La conocía desde hacía poco tiempo, pero había algo en ella —una fortaleza silenciosa— que me recordaba mucho a Thomas. Era su hija, y a pesar de las circunstancias, no podía evitar sentir una conexión con ella. Ella también había caído en la red de mentiras que Thomas había tejido.
Unos días después del funeral, Sofía se puso en contacto conmigo. Había decidido vender el condominio, el que su padre había comprado hacía tantos años y que nos había ocultado a ambos. Me preguntó si la acompañaría a ver la propiedad por última vez antes de venderla.
Acepté, aunque una parte de mí estaba aterrorizada. Aterrorizada por lo que podríamos descubrir, por lo que aún podría estar oculto en las sombras de su doble vida.
Nos encontramos en el condominio una tarde. El lugar era modesto, un apartamento de dos habitaciones en una zona tranquila de la ciudad, nada lujoso. Pero había algo extrañamente reconfortante en el espacio. Daba la sensación de que Thomas podría haber pasado tiempo allí sin levantar sospechas.
Sofía y yo recorrimos el apartamento, cada una absorta en sus propios pensamientos. Podía ver por todas partes las huellas familiares de Thomas: una foto en la pared, una pila de revistas viejas, una silla en la que él se habría sentado. En muchos sentidos, el espacio parecía una extensión de él.
Rebuscamos en cajones y armarios, encontrando pequeños fragmentos de su vida. Recibos antiguos. Unas cuantas tarjetas de cumpleaños. Una colección de cartas que parecían haberle sido enviadas desde distintas direcciones. Todas tenían matasellos de lugares diferentes, pero ninguna contenía ninguna pista sobre su otra vida.
Mientras recorríamos el apartamento, Sofía se detuvo en un rincón de la sala. Allí había una estantería que, al principio, no me había llamado la atención. Estaba llena de novelas, algunas de las cuales reconocí como las favoritas de Thomas. Pero había algo más: un pequeño libro encuadernado en cuero, escondido al fondo de la estantería.
Sofía extendió la mano para cogerlo. —¿Qué es esto? —preguntó en voz baja, con la voz llena de curiosidad.