“¡Dije que te levantaras!” gritó David.
Él me agarró del brazo y tiró de mí.
Otro chorro de sangre. El dolor era cegador ahora.
Me di cuenta entonces, con una claridad que atravesó la agonía, de que no le importaba. No me amaba. No amaba a nuestro hijo. Amaba su imagen. Amaba su control.
Para él yo no era una persona. Era un cómplice.
Y mi hélice estaba rota.
Me temblaba la mano al buscar en el bolsillo del delantal. Mi teléfono. Necesitaba mi teléfono.
“Voy a llamar a la policía”, sollocé.
David vio que la pantalla se iluminaba. Sus ojos se pusieron negros.