PARTE 4
Javier tenía el pecho subiendo y bajando con violencia.
—He intentado todo —dijo, volteando hacia Natalia—. Psicólogas, tutoras, niñeras, internados de verano, actividades, regalos… ¡Nada funciona!
Natalia sostuvo el trapeador con una mano.
—Porque usted sigue tratando de arreglarlas como si fueran un problema de su empresa.
El silencio cayó con un golpe.
Santiago, que justo entraba con una carpeta, se quedó petrificado.
Javier parpadeó, incrédulo.
—¿Perdón?
Natalia dejó el trapeador contra la pared.
—No están descompuestas. Están de duelo. Están furiosas. Están asustadas. Una se hace pipí porque su cuerpo ya no sabe cuándo está a salvo. Otra rompe cosas porque prefiere oír el ruido del vidrio a oír su propia cabeza. Las gemelas hacen bromas pesadas porque juntas sienten menos miedo. Y Camila… —miró hacia la escalera, donde la niña escuchaba a escondidas— Camila cree que si se vuelve insoportable, nadie más podrá entrar a quitarle lo último que le queda de su mamá.
Javier abrió la boca, pero no salió nada.
Natalia dio un paso hacia él.
—Usted no necesita otra niñera, señor Hernández. Necesita volver a ser su papá.
El hombre recibió la frase como una bofetada.
Sus dedos se cerraron tanto sobre el respaldo de una silla que los nudillos se le pusieron blancos.
—No sabe de lo que habla.
—Sé lo que pasa cuando los adultos se esconden en el trabajo para no llorar enfrente de los niños.
Aquello sí lo golpeó.
En los ojos de Javier apareció algo peor que el enojo: vergüenza.
Las niñas seguían en la escalera, inmóviles como si el aire pudiera romperse.
El hombre más rico de Ciudad de México acababa de despedir a su chef número 50 en solo un mes. Su hija no quería comer absolutamente nada. La niña se estaba volviendo más delgada cada día. Los médicos decían que podría morir si no empezaba a comer pronto. Pero espera a ver lo que sucede cuando una joven sirvienta blanca y pobre aparece en la puerta de su casa.
Alejandro Castillo era dueño del conglomerado más grande de México. Tenía todo lo que cualquiera podría desear: una enorme mansión en Lomas de Chapultepec, autos de lujo, poder y dinero… pero su pequeña princesa, Isabella, no quería comer. La niña lanzaba la comida a las empleadas. Gritaba cada vez que los chefs intentaban darle de comer. Veinte médicos la habían revisado. Todos dijeron lo mismo.
El cuerpo de la niña estaba completamente sano. Simplemente se negaba a comer.
Ese día, otro chef fue despedido. El chef Ramírez había preparado la sopa más cara de Ciudad de México. Isabella la miró una vez y arrojó el plato al suelo. Esa sopa costaba lo que muchas personas ganan en un mes. Pero Isabella se dio la vuelta y se fue como si nada hubiera pasado.