Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos....

—Come. Que no te vea el guardia.

El niño la miró durante mucho tiempo, como si no pudiera creer que en este mundo alguien pudiera darle comida sin pedirle nada a cambio.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabella.

—Mateo —respondió él en voz baja—. Mateo Cruz.

Desde aquel día, Isabella compartió su almuerzo con Mateo todos los días.

A veces era media torta de jamón.
A veces, una concha dulce.
A veces, una cajita de leche.
A veces, unos trozos de fruta que su madre le preparaba.

Mateo no tenía padres a su lado. Dormía cerca del mercado San Juan de Dios y, de vez en cuando, ayudaba a cargar mercancía a cambio de unas cuantas monedas. Algunos días lo corrían. Otros, lo golpeaban porque sospechaban que había robado algo. Pero al mediodía, siempre volvía a pararse frente a la reja de la escuela Santa Catalina.

No solo por hambre.

Sino porque allí había alguien que todavía se acordaba de él.

Isabella no sabía que lo que hacía la metería en problemas.

Un día, el guardia la descubrió.

Un padre de familia la vio.

El rumor se extendió por toda la escuela: la señorita Montes estaba “haciéndose amiga de un niño de la calle”.

Sus compañeros se burlaron de ella.
La maestra llamó a su madre.
Su padre se enfureció porque pensó que su hija estaba avergonzando a la familia.

—Tú no entiendes, Isabella —dijo su padre con frialdad—. Los niños como él se aprovechan de la bondad de los demás.

Pero Isabella solo bajó la cabeza y respondió:

—Si yo tuviera hambre, también esperaría que alguien me diera de comer.

Aquella frase dejó la habitación en silencio.

Pero el asunto no terminó ahí.

Unas semanas después, la familia Montes decidió cambiar a Isabella de escuela. Le prohibieron acercarse a la antigua reja. Le prohibieron mencionar a Mateo. Le prohibieron llevar comida extra en la mochila.

Para los adultos, aquello era solo un asunto pequeño.

Pero para Mateo, fue la primera vez en su vida que perdió a la única persona que lo hacía sentir que todavía merecía vivir.

Y entonces, un día, Mateo dejó de aparecer.

Antes de desaparecer, esperó a Isabella frente a la entrada lateral de su nueva escuela durante tres horas. Cuando la niña salió, él corrió hacia ella, respirando con dificultad, con una cinta azul aún atada en la muñeca, la misma que Isabella había usado una vez para sujetar su lonchera.

—Me tengo que ir —dijo Mateo.

—¿A dónde?

—Una familia de Monterrey me va a adoptar. Dicen que podré ir a la escuela.

Isabella se quedó paralizada.

Mateo intentó sonreír, pero tenía los ojos rojos.

—Cuando sea grande, volveré por ti.

Isabella rompió en llanto.

—¿Me lo prometes?

Mateo asintió.

—Te lo prometo. Cuando pueda estar frente a ti y ya no sea el niño hambriento de la reja… volveré.

Isabella se quitó una pequeña pulsera de plata y la puso en su mano.

—Entonces quédate con esto. Para que no me olvides.

Mateo apretó la pulsera con fuerza.

Los dos niños se abrazaron por última vez en una pequeña calle de Guadalajara.