…pero Rhea no respondió de inmediato.

—Señora Calden, por favor vuelva a su asiento original.

El auxiliar de vuelo se apresuró a tomar la bolsa.

—Yo la llevo, ma’am.

Ella se la quitó con suavidad.

—No hace falta. Puedo cargarla.

No era orgullo. Era costumbre. Su cuerpo estaba lleno de límites nuevos, pero seguía siendo suyo.

Regresó por el pasillo mientras las miradas que antes resbalaban sobre ella con desdén ahora la atravesaban con una mezcla de curiosidad, culpa y morbo. La mujer de 3B ya no parecía tan cómoda. Había recogido el bolso de diseño de su asiento contiguo como si quisiera marcar territorio, aunque todo en su postura delataba otra cosa: miedo a perder el control de la escena.

Rhea se detuvo junto a la fila 3.

Markell miró el boleto que la mujer agitaba como si fuera un arma administrativa.

—Su asiento es el 3B —dijo—. Solo el 3B.

—Esto es ridículo —replicó ella—. No voy a volar aplastada al lado de… de una desconocida.

Rhea la observó sin expresión. Desconocida. Qué palabra tan curiosa. Había pasado quince años en misiones donde la seguridad de decenas dependía de permanecer desconocida. Había cargado compañeros heridos en lugares que esa mujer jamás podría señalar en un mapa. Había oído morir a hombres en idiomas que luego no conseguía recordar del todo al despertar. Y aun así, ahí estaba otra vez, reducida a una desconocida molesta porque no vestía el tipo correcto de riqueza.

Markell, en cambio, parecía haber dejado de verla como una anomalía y empezaba a verla como lo que realmente era la pasajera de 3B: una persona habituada a comprar impunidad en cuotas pequeñas.

—Señora —dijo con la calma más peligrosa que existe—, tiene tres opciones. Ocupar el asiento que figura en su tarjeta, aceptar la reubicación voluntaria que le ofrecerá la tripulación si aún hay disponibilidad, o descender del avión.

—¿Perdón? —jadeó ella.

—Ha interferido con el embarque, ha presionado indebidamente a la tripulación y ha provocado la desubicación de otra pasajera. Así que sí: perdón, pero esas son sus opciones.

Hubo un silencio espeso.

Y entonces habló un hombre de la fila 4, uno de los que antes habían soltado una risita por lo bajo.

—Bueno, capitán, tampoco es para tanto. Solo es un asiento.

Rhea giró apenas la cabeza hacia la voz. Era un hombre de traje azul, reloj grueso, cara satisfecha de quien pasa la vida entera sin que lo contradigan en serio.

Markell lo miró un segundo.