Eso fue lo primero que me inquietó.
El ascensor subió en silencio hasta el piso veintisiete. Cuando se abrieron las puertas, un hombre de cabello gris y traje impecable me esperaba con una carpeta bajo el brazo.
—Señora Harrington —dijo, extendiendo la mano—. Lamento su pérdida.
Su voz no tenía lástima.
Tenía precisión.
—Soy Nathaniel Klein. Abogado personal de su esposo.
Personal.
No “de la familia”.
No “de la empresa”.
Mío.
De Oliver.
Entramos a una oficina con paredes de madera oscura y vista completa de la ciudad. Klein cerró la puerta y, por primera vez, bajó la voz.
—Su esposo anticipó… complicaciones.
Abrió la carpeta.
—Y dejó instrucciones muy específicas.
Sacó un documento grueso, con sellos, firmas y fechas recientes.
—Oliver Harrington modificó su testamento tres días antes de su fallecimiento. Y también transfirió activos, acciones y propiedades fuera del control familiar.
Mi pulso se aceleró.
—¿Cuánto? —pregunté.
Klein me miró directamente.
—Todo.
El aire desapareció de la habitación.
—La empresa matriz.
—Las propiedades inmobiliarias.
—Las cuentas de inversión.
—Incluso la casa.
Parpadeé.
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