Regresé a casa sonriendo, listo para sorprender a mis padres. Pero cuando entré en la casa, estaban tirados en el suelo, inmóviles e inconscientes. Los médicos dijeron que habían sido envenenados.

Valeria.

Si estás leyendo esto, no lo enfrentes sola. Guardé pruebas. Despensa, detrás de la harina. Entrégaselo al detective Ríos.

A Valeria se le cerró la garganta. Corrió a la cocina, movió latas, bolsas y frascos hasta tocar un pequeño dispositivo pegado a la pared con cinta. Era una memoria USB.

La conectó en la laptop dentro del coche, con las manos temblando tanto que casi la tira. Apareció una carpeta: cámara casa.

En el primer video, la cocina estaba vacía y oscura. La puerta trasera se abrió sin prender la luz. Tomás entró con total confianza. Sacó un frasco pequeño del saco, vació algo en el azucarero y limpió la tapa con una servilleta.

Valeria dejó de respirar.

Abrió otro archivo. Su madre estaba junto al fregadero, rígida, con los hombros tensos. Tomás le hablaba al oído con una sonrisa ligera, como si estuviera contando un chiste. Cuando le tocó el hombro, ella se estremeció.

No era un error. No era un desconocido. Era él.

El celular de Valeria vibró con el nombre de Tomás en la pantalla.

No contestó. Llamó al detective Ríos.

—Tengo una nota y un video —dijo, con la voz rota—. Mi mamá tenía razón.

Ríos llegó en pocos minutos con 2 agentes. Revisó las grabaciones 2 veces, apretando la mandíbula.

—Quédese con nosotros. No le llame. No se reúna con él.

Como si hubiera sentido que la trampa se estaba cerrando, entró otro mensaje.

¿Dónde estás? Tenemos que hablar. Ya.

Valeria seguía viendo la pantalla cuando la puerta principal crujió. Pasos lentos. Medidos. Entonces la voz de Tomás sonó desde la entrada de la sala.

—Valeria, ¿por qué te escondes de mí?

Ella se quedó helada. Ríos llevó la mano al cinturón. Tomás apareció con las palmas abiertas, los ojos pasando de los uniformes a la laptop. En su cara brilló 1 segundo de sorpresa. Después, cálculo puro.

—No te muevas —ordenó Ríos.

Tomás sonrió.

—Detective, esto tiene una explicación.

Ríos dio 1 paso.

—La das en el suelo.

Tomás giró la cabeza y miró a Valeria. En esa mirada ya no quedaba nada del hombre que la abrazaba en el hospital.

—Siempre fuiste demasiado curiosa.

Y entonces se lanzó hacia la cocina.

Parte 3: El esposo con 100 caras

Ríos reaccionó al mismo tiempo que los agentes, pero Tomás se movió con una rapidez brutal. Derribó una silla, abrió un cajón y sacó la navaja utilitaria del padre de Valeria.

—¡Atrás! —gritó, apuntándolos con la hoja—. No voy a caer por un escándalo armado por una señora paranoica.

Valeria lo miró como si estuviera viendo a un extraño usar la cara de su marido.

—Envenenaste a mis papás.