—Samuel, ya tengo los primeros documentos —dijo el abogado—. Esto es peor de lo que imaginabas.
Samuel se apartó al patio.
—Dime.
—El préstamo de tu madre tenía intereses ilegales. Además, pusieron su casa como garantía. Si faltaba un día al horno o no cubría una cuota, don Anastasio podía quedarse con el terreno.
Samuel sintió que la sangre le hervía.
—¿Legalmente?
—Con trampas. Hay firmas, pero ningún registro notarial correcto. Y hay más casos. Doña Tomasa perdió medio huerto. Don Aurelio está por perder su cuarto. He encontrado por lo menos diez personas atrapadas en lo mismo.
Samuel miró la casa. Miró a su madre comiendo bajo un techo que casi se caía. Comprendió la magnitud de la crueldad.
—Quiero todo documentado. Copias, nombres, fechas. Y quiero hablar con cada familia.
—Don Anastasio ya se enteró de que sacaste a tu madre. Viene mañana al mediodía con su abogado. Dice que como Elena no se presentó al trabajo, activará la cláusula de incumplimiento y exigirá el terreno.
Samuel sonrió sin alegría.
—Entonces que venga.
Al día siguiente, el pueblo amaneció inquieto. La noticia había corrido como pólvora: Samuel, el hijo de Elena, había regresado rico y había sacado a su madre del horno. Algunos lo decían con orgullo. Otros con miedo. Porque en los pueblos pequeños todos saben quién abusa, pero pocos se atreven a decirlo en voz alta.
Antes del mediodía, Damián llegó con carpetas, documentos y dos asistentes. Detrás de él venían doña Tomasa y don Aurelio. Ambos parecían más viejos de lo que eran.
Doña Tomasa abrazó a Elena.
—Comadre, yo pensé que usted nunca iba a salir de allá.
Elena lloró en silencio.
Don Aurelio se quitó el sombrero frente a Samuel.
—Tu mamá cargó ladrillos hasta con fiebre, muchacho. Nunca faltó. Decía que si perdía la casa, no tendría dónde esperarte cuando regresaras.
Samuel cerró los ojos un segundo.
Cada verdad era una espina.
A las doce en punto, una camioneta levantó polvo frente a la casa. Bajó don Anastasio, ancho, moreno de tanto sol, con sombrero caro y camisa blanca. No parecía nervioso. Venía acostumbrado a que todos bajaran la cabeza.
Lo acompañaban un abogado flaco y dos hombres del horno.
—Elena —dijo don Anastasio sin saludar—. Salga. Venimos por lo que firmó.
Samuel se plantó frente a la puerta.
—Ella no tiene nada que hablar con usted.
Don Anastasio lo miró de arriba abajo.
—Ah, el millonario. Mira, muchacho, aquí no estás en la ciudad. Aquí las palabras valen menos que las firmas. Tu madre me debe, no se presentó a trabajar y el contrato dice que la propiedad pasa a mis manos.
Sacó unos papeles.
—Así que entreguen las llaves.
Damián tomó el documento, lo revisó y soltó una risa breve.
—Este contrato no se sostiene ni con alfileres.
El abogado de Anastasio se tensó.
—Es un acuerdo privado.
—Es usura, fraude y explotación laboral —respondió Damián—. Además, nunca se registró correctamente. Las cláusulas de garantía son abusivas y nulas. Y eso es solo el inicio.
Don Anastasio escupió al suelo.
—A mí no me vienen con cuentos. Esa vieja firmó.
Samuel avanzó un paso. Su voz salió baja, pero firme.
—Esa “vieja” es mi madre. Y si vuelve a llamarla así, va a necesitar más que un abogado.
El patio quedó mudo.
Don Anastasio intentó sostenerle la mirada, pero algo en Samuel lo desarmó. Ya no era el muchacho pobre que se fue con una maleta. Era un hombre que había aprendido a negociar con poderosos y a no temblar frente a nadie.
—Tú pagaste su deuda —dijo Anastasio—, pero no pagaste los daños por incumplimiento.
—No había deuda —respondió Samuel—. Había una trampa. Y mientras usted venía a robar esta casa, la policía estatal está revisando sus oficinas.
Por primera vez, Anastasio palideció.
—¿Qué dijiste?
Damián levantó una carpeta.
—Denuncia presentada en la capital. Fraude, préstamos ilegales, explotación de adultos mayores, despojo de tierras y evasión fiscal. Sus libros contables ya deben estar asegurados.
El abogado de Anastasio dio un paso atrás.
—Don Anastasio, quizá deberíamos retirarnos.
—¡Cállate! —rugió él.
Pero sus hombres ya no parecían tan valientes. Miraban la camioneta, el camino, cualquier lugar menos a Samuel.
Entonces Elena salió.