Caminando.
Me quedé completamente inmóvil frente a la pantalla. Durante unos segundos pensé que era un error del sistema, tal vez una grabación antigua. Rebobiné el video.
Volví a verlo.
Daniel estaba de pie, caminando por nuestro dormitorio. No lo hacía con total naturalidad, pero era evidente: podía sostenerse sobre sus propios pies. Cruzó la habitación, abrió un cajón, sacó una camisa y luego dio un pequeño salto sobre los talones, como si estuviera comprobando su equilibrio.
Sentí un nudo en el estómago.
Una verdad que no podía ignorar
Cambié rápidamente a otras cámaras.
Al mediodía, en la cocina.
Caminando.
A la 1:15 de la tarde, en su oficina.
Caminando.
A las 2:40 llegó un paquete. Lo vi acercarse a la puerta en la silla de ruedas, firmar la entrega y regresar al interior. Luego, una vez dentro, se levantó tranquilamente y llevó la caja hasta la encimera de la cocina.
Me quedé mirando el teléfono sin poder procesar lo que estaba viendo.
Una sola pregunta giraba en mi mente:
¿Desde cuándo?
¿Cuánto tiempo llevaba siendo capaz de hacerlo?
¿Cuántas veces había cargado yo las bolsas del supermercado mientras él estaba sentado en la silla?
¿Cuántas veces había corrido a casa antes del trabajo porque decía necesitar ayuda?
¿Cuántas decisiones familiares habíamos tomado basándonos en algo que, aparentemente, ya no era cierto?
Entonces la cámara del dormitorio volvió a detectar movimiento.
Y alguien más apareció.
La mujer desconocida
Una mujer entró en la habitación.
No la reconocí.
Llevaba el cabello recogido y un bolso grande al hombro. Caminaba por la casa con la naturalidad de alguien que ya conocía el lugar.
Activé el sonido.
Daniel caminó hacia ella y ambos se sonrieron.
Mi primer pensamiento fue inmediato:
me estaba engañando.
—Llegaste rápido —dijo él.
—Sonabas nervioso —respondió ella.
Daniel se sentó en la cama mientras la mujer abría su bolso y empezaba a sacar varias cosas.
En ese momento agarré mis llaves y salí del trabajo.
El regreso apresurado
Mientras conducía de regreso a casa, escuché algo más en la transmisión.
—No puedes seguir haciendo esto —dijo la mujer.
No escuché claramente lo que Daniel respondió.
Llegué a casa y abrí la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared. Caminé directo por el pasillo hacia el dormitorio.
Antes de entrar escuché a Daniel decir:
—Ella nunca revisa las cámaras.
Entonces empujé la puerta.
Ambos se sobresaltaron.
Daniel estaba medio recostado en la cama, sin camisa. La mujer estaba a su lado con las manos levantadas.
—¿Hablan en serio? —grité.
Daniel palideció.
—Laura…
—Ni lo intentes —lo interrumpí.