SEÑOR, SU HIJA ESTÁ VIVA… DÉME UNA PRENDA DE ELLA QUE MI PERRO VA A RASTREAR…

Dijeron que era mejor así, que preservaría sus últimos recuerdos de la niña. Mire, sé que debe ser difícil creer, pero Luna olfateó por aquí ayer y se puso muy agitada cerca de esta tumba. Ella solo se pone así cuando huele a alguien que todavía que todavía está respirando. Javier sintió las piernas temblorosas.

No podía ser verdad. Dos años de luto, de culpa, de una vida que se había convertido solo en una sucesión de días vacíos. ¿Cómo sabes esas cosas sobre Jimena? Preguntó intentando mantener la voz firme. Porque yo la vi, Señor. Digo, creo que la vi. Hace como tres meses estaba con Luna buscando al gato de doña Marta, que se había escapado cuando pasamos por una casa allá en la colonia El Recreo. Luna se paró frente al portón y empezó a quejarse.

Yo miré y vi a una niñita rubia jugando en el patio. Una niña rubia. Javier sintió el corazón acelerarse. Estaba sola, dibujando en el suelo con un palito. Cuando me vio, me saludó con la mano. Yo le devolví el saludo, pero entonces una mujer salió de la casa y la metió adentro muy rápido. La mujer me miró con cara de miedo. ¿Estás seguro de que era ella? Por eso necesito una prenda suya, señor. Luna puede distinguir el olor de cada persona, aunque pase mucho tiempo.

Si es ella de verdad, Luna lo sabrá. Javier pasó las manos por su cabello entre Cano. A los 42 años parecía haber envejecido una década desde que perdió a Jimena o desde que pensó haberla perdido. Aún si aún si fuera verdad, ¿qué quieres cambio? Nada, señor”, la bajó la mirada. Yo también perdí a alguien, a mi hermana mayor Fernanda. Ella desapareció hace 4 años cuando tenía 15. Nunca más la encontraron. Yo prometí que iba a ayudar a otras familias a hallar a quienes perdieron.

La sinceridad en la voz del niño tocó algo profundo en el pecho de Javier. Él miró nuevamente hacia la lápida, hacia la foto de Jimena, sonriendo con apenas 6 años. ¿Cómo supo usted que yo vengo aquí? Yo trabajo en el panteón a veces ayudando a don Chucho con el mantenimiento. Usted viene aquí todos los domingos desde que yo empecé a trabajar aquí. Me tardé en juntar valor para hablarle. Javier observó al niño con más atención. Era delgado, con rasgos que delataban una vida difícil, pero sus ojos brillaban con una determinación que Javier reconoció.

Era la misma determinación que él mismo tenía cuando era joven y construía su negocio desde cero. Si le doy una ropa de ella a su perrita, ¿qué pasa después? Si Luna confirma que es el olor de su hija, vamos a seguir el rastro hasta donde nos lleve. Luna puede rastrear olores antiguos, pero mientras más fresco, mejor. Y si no es ella, entonces le pido disculpas por haberle traído falsas esperanzas y me voy. Javier cerró los ojos y respiró hondo.

Dos años viviendo en la oscuridad, aceptando una versión de los hechos que nunca lo convenció del todo. Tal vez era hora de buscar la verdad, aunque doliera aún más. ¿Dónde vive usted? En la colonia del cerro de la campana, señor, vivo con mi abuela, doña Guadalupe. Y ese es su amigo policía. Don Ricardo vive en la calle de abajo. Él le enseñó a Luna a rastrear. Dijo que ella tiene talento natural. Javier tomó una decisión que lo cambiaría todo.

Está bien, voy a buscar una prenda suya, pero si esto es algún tipo de engaño, no es engaño, señor. Yo solo quiero ayudar. 40 minutos después, Javier estacionaba su sedán imperial negro frente a la casa, donde vivía solo desde la separación, la casa que se había convertido en un mausoleo para los recuerdos de Jimena. El cuarto de la niña permanecía exactamente como lo dejó la mañana de aquel domingo fatídico. Los juguetes regados, los dibujos pegados en la pared, la cama aún deshecha como si ella fuera a volver en cualquier momento para dormir.

Javier abrió el armario y tomó el vestidito azul con flores amarillas que era el favorito de Jimena. Ella insistía en usarlo al menos una vez por semana. Aún guardaba un leve perfume del jabón infantil que ella usaba. Cuando regresó al panteón, Lea y Luna lo esperaban pacientemente bajo un árbol. El niño se levantó en cuanto lo vio acercarse. “Lo traje”, dijo Javier entregando el vestido. La tomó la ropa con cuidado y se la ofreció a Luna para que oliera.

La perrita olfateó intensamente, luego levantó la cabeza y comenzó a mover la cola con emoción. Ella lo reconoció, la sonríó. Luna solo se pone así cuando encuentra el olor que está buscando. Y ahora, ahora vamos a la colonia El Recreo. Luna, busca. La perrita inmediatamente bajó el hocico y comenzó a olfatear el suelo alrededor de la sepultura. Después de unos minutos, ladró una vez y comenzó a caminar hacia la salida del panteón. Javier sintió que el corazón se le aceleraba.

Era posible que su hija estuviera viva después de dos años creyendo que se había ido para siempre. Siguieron a Luna por las calles de la ciudad. La perrita parecía decidida, deteniéndose ocasionalmente para olfatear postes y esquinas, pero siempre retomando una dirección específica. “¿Cómo aprendió usted sobre eso de rastrear personas?”, preguntó Javier mientras caminaban. Cuando mi hermana desapareció, yo me volví loco buscándola. Don Ricardo me vio llorando un día y dijo que podía enseñarme algunas cosas. Él tenía una perrita antes de Luna estrella que era especialista en eso.

Sa que le pasó a ella. Se hizo viejita y se fue. Entonces él entrenó a Luna. Dijo que ella tenía aún más talento que estrella. Caminaron por casi una hora hasta llegar a la colonia El Recreo, un barrio de clase media baja con casas sencillas y calles estrechas. Luna los guió por varias cuadras. hasta parar frente a una casa amarilla con rejas blancas. Es aquí, dijo Lea. Es en esta casa donde vi a la niña. Javier miró la construcción.