“Quiero respuestas”, dijo.
Patricia cruzó los brazos.
“Tu madre te abandonó. Eso ya lo sabes.”
Carmen levantó la cara.
“¡Mentira!”
La palabra retumbó en la casa.
Los empleados se quedaron congelados.
Carmen respiró con dificultad.
“Yo vendía tamales afuera del mercado de La Merced. Ese día Alejandro se me soltó de la mano entre la gente. Lo busqué como loca. Fui al Ministerio Público, a hospitales, a iglesias. Dormí semanas en la calle pegando papelitos con su nombre. Después apareció un hombre elegante. Dijo que venía de parte de la familia Mendoza.”
Alejandro sintió que la sangre se le iba a los pies.
“¿Qué hombre?”
Carmen miró a Patricia.
“Ernesto Mendoza. Tu abuelo.”
Patricia palideció.
Carmen continuó:
“Me dijo que mi hijo había sido atropellado. Que ya lo habían enterrado. Yo no tenía dinero ni para un abogado. Me mostró un papel con un sello. Yo le creí. Me destruí. Después perdí mi puesto, mi cuarto, todo.”
Sofía empezó a llorar en silencio.
Alejandro miró a su tía.
“¿Es cierto?”
Patricia no respondió.
“¡Contesta!”
Ella se quebró.
“Papá hizo lo necesario.”
Alejandro sintió náuseas.
“¿Lo necesario?”
Patricia alzó la voz.
“¡Tú eras el único heredero! Mi hermano no podía tener un hijo con una vendedora de mercado. La familia tenía una reputación. Ernesto te encontró perdido, sí, pero decidió criarte como Mendoza. Te dio educación, apellido, fortuna.”
Carmen se llevó una mano al pecho.
“Me robó a mi hijo…”
Patricia la señaló.
“¡Y míralo ahora! ¿Qué le habrías dado tú? ¿Una vida en vecindades? ¿Hambre?”
Alejandro avanzó hacia ella, temblando de rabia.
“Me dieron dinero, pero me quitaron a mi madre.”
Patricia bajó la voz.
“Tu abuelo dejó documentos. Cartas. Pagos. Todo está en la caja fuerte del despacho.”
Alejandro se quedó inmóvil.
Carmen susurró:
“¿Pagos?”
Patricia cerró los ojos.
“No era solo Ernesto. Hubo policías. Un abogado. Un acta falsa de defunción.”
Sofía miró a su padre, aterrada.
“Papá…”
Alejandro caminó hacia el despacho y abrió la caja fuerte que nunca se había atrevido a revisar.
Dentro había un sobre amarillo con su nombre escrito a mano.
Al sacarlo, cayó una fotografía antigua.
Carmen joven, cargando a un niño de cinco años.
Atrás decía:
“Si algún día preguntas por ella, dile que murió.”
Y debajo estaba la firma de Ernesto Mendoza.
Pero lo peor no era la foto.
Era una carta sellada que Alejandro empezó a leer con las manos temblando.
La primera línea decía:
“Patricia, asegúrate de que Carmen nunca vuelva a acercarse al niño…”