Sofía sacó su cédula profesional y la azotó con fuerza sobre la mesa del juez. —Soy la defensa legal de este hombre, y vengo a demostrar que el único ratero y sinvergüenza en esta sala es el demandante.
La abogada abrió 1 enorme carpeta y sacó las supuestas pruebas del robo: facturas de materiales de construcción, galones de pintura y herramientas caras que supuestamente Chema había firmado de recibido.
—Aquí hay 1 fraude descarado —gritó Sofía—. Ustedes afirman que mi padre robó 30 cubetas de impermeabilizante y 18 lámparas industriales hace 1 año. ¡Pero mi padre lleva 2 años jubilado! ¡Es imposible!
Robles empezó a sudar frío, pero intentó disimular su nerviosismo. Sofía no se detuvo. Llamó a testificar a Lucía, quien ahora era maestra de primaria en esa misma escuela y conocía todas las tranzas desde adentro.
Lucía encendió 1 proyector y mostró decenas de fotografías en la pared del juzgado: techos cayéndose a pedazos, baños tapados por meses, paredes con moho y cables pelados que ponían en riesgo a 500 alumnos.
—El presupuesto anual siempre se aprobó sin problemas —explicó Lucía con rabia e indignación—. Pero la escuela está hecha 1 asco. ¿Saben por qué? Porque los materiales nunca llegaron, todo era 1 simulación asquerosa.
Sofía entregó al juez las viejas libretas de Chema. Eran cuadernos desgastados y manchados donde el conserje anotaba religiosamente cada tornillo, cada foco de 10 pesos y cada escoba que usaba para limpiar.
En las notas personales de Chema, solo figuraban 12 litros de cloro, mientras que en las facturas de Robles aparecían cobros absurdos por más de 100 litros mensuales, pagados a 1 extraña empresa constructora.
—Investigamos a fondo a esa empresa, señor juez —reveló Sofía, soltando el bombazo final—. Se llama Servicios Gran Valle, y adivine qué… está registrada legalmente a nombre del cuñado del Licenciado Robles.
El silencio en la sala fue absoluto y tenso. La trampa era evidente: Robles inflaba facturas, desviaba el dinero del gobierno a la cuenta de su cuñado, y usaba el nombre de Chema para lavarse las manos.
Robles se puso pálido y tartamudeó buscando 1 excusa barata. Pero la humillación apenas comenzaba. Las pesadas puertas del tribunal volvieron a abrirse, y 1 multitud de vecinos de Ecatepec entró al lugar.
Estaba el dueño de la fonda, la señora de las tortillas, antiguos alumnos y madres de familia de la colonia. Todos venían a respaldar al hombre humilde que los había cuidado y ayudado durante 34 años.
1 vecino tomó la palabra frente a todos: —Don Chema me arregló el techo de a gratis cuando me quedé sin chamba. Ese señor no tiene ni en qué caerse muerto, ¡es 1 bajeza y 1 injusticia lo que le hacen!
Valeria, la enfermera, subió al estrado con lágrimas en los ojos. —Cuando mi madre murió atropellada, este hombre me dio 1 plato de sopa caliente y 1 hogar seguro. Él es 1 verdadero santo, no 1 criminal.
Lucía narró cómo él la escondió en la bodega escolar para protegerla de los brutales golpes de su antigua casa hogar. —Él dejaba la luz prendida toda la noche porque sabía que yo le tenía terror a la oscuridad.
Finalmente, Sofía miró directamente a los ojos del juez. Su voz se quebró por 1 segundo, pero tomó aire y habló desde lo más profundo de su corazón lastimado frente a todos los presentes.
—Yo fui esa bebé tirada en la caja de huevo San Juan. Este hombre cobraba 1 miseria. Pudo habernos botado en la calle. Si fuera 1 ladrón, tendría 1 mansión, no los zapatos rotos con los que caminó hasta aquí.